Dos documentos del ELN sobre el papel de los medios en el conflicto armado
Fecha: 2007 11 30
Grupo: Ejército de Liberación Nacional (ELN)
País: Colombia
Categoria : Comunicado
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NARCOPARAPOLÍTICA Y LOS MEDIOS

Por: Comando Omaira Montoya Henao - FGS

Mucho se ha hablado en los últimos meses, acerca de los supuestos o reales nexos de la clase política con los paramilitares; también en su momento, hace algunos años, se habló de los estrechos lazos entre el narcotráfico y la política colombiana.

Los medios de comunicación han jugado un papel importante en todos estos escándalos; para bien o para mal es innegable su activa participación en algunas de las dinámicas que estos hechos han generado.

Si bien es cierto que en Colombia el control de los medios masivos de comunicación, es estricto, aunque con una apariencia democrática y libre de censura, no es menos acertado afirmar que gracias a los avances tecnológicos en cuanto ha instrumentos de la comunicación se refiere, se ha hecho imposible para aquellos organismos, que desde lo institucional, se encargan de la tarea del control político e ideológico de este país, ocultar a la opinión publica algunos hechos que por su carácter, pueden generar un alto nivel de desestabilización.

Se nos viene a la memoria Orson Welles, quien en 1938 a través de uno de sus programas radiales, emitió una versión tan dramática y real, de la obra la guerra de los mundos, del escritor británico H.G Wells, que estuvo a punto de causar una tragedia por el pánico que su transmisión logró crear en millones de personas. Unos años después en Quito, un periodista radial, repitió la acción, originando graves disturbios y muertes. El recuento de estos dos casos prueba con sobradas razones que los medios de comunicación tiene la capacidad inmensa de generar movimientos fuertes en la opinión pública; pero así mismo el silencio cómplice de los medios ante ciertas conductas o hechos que atañen a toda una sociedad, suele provocar apatía, conformismo y vacuidad en quienes aceptan todos sus mensajes como cosa cierta.

Colombia; gracias a herramientas como, Internet y la televisión por cable, ha ido superando el estigma de la velada pero feroz censura de prensa, no ha podido librarse totalmente de trabas generalmente políticas, que afectan en sumo grado un cristalino proceso de comunicación, que permita dar cumplimiento a sus tres principales objetivos: informar, educar y entretener.

Como dijimos en un principio, la palabra de moda es narcoparapolítica, palabra que si bien es cierto no existe en ningún diccionario de la lengua española, sus efectos los hemos podido sentir todos y cada uno de quienes hacemos parte de este proyecto de nación.

Ya en la década de los setenta se hablaba de la ventanilla siniestra, engendro mediante el cual el presidente Alfonso López Michelsen, haciendo uso del Banco de la República, facilitó el lavado de millones de dólares, producto del narcotráfico a los capos que para aquella época iniciaban su violenta carrera delictiva; agregándose un ingrediente o mejor, una fuente mayor de recursos a los grupos paramilitares que la elite política colombiana había creado, según lo informan algunos medios de comunicación alternativos.

El actual nivel académico de quienes elaboramos el presente ensayo, si bien es cierto es abundante en vacíos teóricos, ha sido suficiente para atrevernos a afirmar que la elite gobernante de nuestro país, en su mayoría pertenece a familias de tradición hacendataria; entendiendo por Hacienda toda una institución heredada de la Encomienda y que tiene sus inicios en el siglo XVIII.

Para entender un poco todo este enredo tendríamos que profundizar en los escritos de Marco Palacios, Guillén Martínez, Fernán González, Daniel Pecault, Fernando Vallejo y un sin número más de hombres y mujeres que durante décadas se han dedicado a investigar concienzudamente los intrincados nudos políticos de la historia social colombiana.

La Hacienda, según lo entendido por nosotros, era enemiga de las formas de ascenso social, distintas a la tradición. Y sus principales personajes asumieron desde los orígenes de esta, su vocación de clase dirigente, excluyendo del democrático ejercicio del poder, a los sectores medios y populares.

En algún momento de la segunda mitad del siglo XIX, surgen en Colombia, los partidos políticos y se articula el triángulo que por años ha marcado la política colombiana: Hacienda- Partidos políticos- Iglesia.

Pero lo que los intelectuales modernos no nos habían contado y si lo hicieron no lo notamos, es que los partidos políticos tradicionales, -sirvieron y aún lo siguen haciendo- para disfrazar los intereses concretos de una minoritaria elite político-económica. La iglesia por su parte dio el soporte ideológico, favorecida por un ambiente de oscurantismo casi generalizado en el país. Esta verdad la hemos obtenido a través de medios de comunicación, que sorteando toda clase de obstáculos intenta informar sobre algunos hechos que la gran mayoría de colombianos no conocemos en profundidad.

Según la historia que nos cuenta el periodismo independiente, los partidos políticos Liberal y Conservador, orientados por una intelectualidad nacida en las entrañas de una rancia aristocracia de cultos ladrones, dirigían los destinos de un vulgo mantenido astutamente en la más inhumana ignorancia. La iglesia desde el pulpito, alentaba la sumisión, la esclavitud y la explotación de los más humildes de su rebaño.

Sin embargo a fines de los cincuenta, las cosas tuvieron un viraje, que para nada gustó a nuestros “insignes” líderes nacionales. Luego de la muerte de Gaitán, y tras un periodo de desorganizada violencia, que erróneamente los historiadores quieren limitar o circunscribir a un lapso de tiempo; en el pueblo colombiano surgieron inquietudes o interrogantes, que el simplismo de una iglesia distante de los padecimientos de la clase popular y la demagogia barata del discurso de los políticos de turno, no supieron responder.

La gente pobre, entendió que en realidad no existían diferencias ideológicas entre los dos partidos que se preciaban de representar los intereses de la nación, y que sus respectivas plataformas políticas, no eran otra cosa que la máscara que ocultaba, una alianza entre la elite, para conjurar cualquier posible unidad a nivel de clase. Logrando con ello, construir como lo dice Marco Palacios, en su obra: Entre la legitimidad y la violencia: “un proyecto hegemónico nacional”.

Por primera vez en nuestra historia, los hombres conformaron unas guerrillas comunistas con proyección nacional, organizadas, con centralismo democrático y unidad de mando.

Era la época de la guerra fría y el mundo se debatía entre dos polos: comunismo o capitalismo. Y Colombia, que es parte del llamado patio trasero gringo, no podía quedar por fuera de esta disyuntiva. John Fitzgerald Kennedy, por aquel entonces presidente de Estados Unidos de Norteamérica, urdió con sus asesores lo que se conoció como Alianza para el Progreso, supuesto programa de desarrollo socio-económico para América Latina, pero que no era otra cosa que la excusa para el intervencionismo más descarado y violento en las políticas de países subdesarrollados como el nuestro. Plan que fue aprobado y firmado el 17 de agosto de 1961, en Punta del Este (Uruguay).

Para el caso colombiano, la “Alianza para el Progreso”, trajo entre otros males la institucionalización de grupos de exterminio, a los que se dio el estatus de autodefensas campesinas. La idea era eliminar la oposición política de tendencia izquierdista. Ya nuestro país o mejor nuestros gobernantes eran duchos en la implementación de este tipo de maquinarias de muerte, y si queda alguna duda recordemos a “los pájaros” -asesinos paramilitares creados por el Estado, en la década del 40-, magníficamente descritos por Gustavo Álvarez Gardeazabal, en su obra cóndores no entierran todos los días.

Esos medios de comunicación alternativos de los que tanto hemos hablado, también nos cuentan que los primeros, al igual que los actuales soldados de esas autodefensas, son hijos del pueblo; pero por desgracia, un inmenso sector de la “clase ofendida” -como dice una canción-, han caído en un degradamiento tal e ignorancia de su historia y de su realidad, que imbuidos en las mieles del consumismo adoptan actitudes mercenarias. No debe criticarse su ignorancia, pues es algo que en un principio se escapa a su iniciativa personal y que el sistema capitalista alienta y requiere para sobrevivir; pero debe repudiarse su nivel de degeneración y brutalidad, pues los valores morales no deben ser negociables. No obstante estos hombres son simplemente una herramienta utilizada por quienes aun a sabiendas del dolor que su creación ha ocasionado al pueblo colombiano, pretender continuar su dominación, su expoliación y su baño de sangre.

En Colombia, según un rumor que nadie se atreve a confirmar, los paramilitares fueron creados, armados y financiados, por la clase dirigente del país con el apoyo en todo sentido del imperio norteamericano, incluyendo en esta clase no sólo a los lideres bipartidistas que la escena política nos ha enseñado, como Álvaro Uribe Vélez, sino a la clase social explotadora que los genera, agrupada en los principales gremios industriales, económicos, financieros, ganaderos y agrícolas del país. Una clase según estos hechos sanguinaria, y que por más de un siglo se ha burlado de las aspiraciones de quienes les ayudaron a construir este país confiando en ellos para que lo administraran.

Pero para sorpresa de quienes nos vemos avocados al estudio de las Ciencias Políticas, no ha bastado masacrar miles de personas, desplazar de sus tierras a millones de compatriotas, entregar nuestros recursos y productos al gran capital extranjero; ahora resulta que quienes nos gobiernan, pretende como de costumbre contar la historia a su acomodo, a través de medios de comunicación de propiedad de las político- económicas.

Hoy que los medios de comunicación nacional pregonan y elogian lo positivo de la supuesta desmovilización del paramilitarismo y el presidente Álvaro Uribe, auténtico militante de las Autodefensas Unidas de Colombia (A.U.C.), hace un llamado a la clase dominante, para que le cuente al país sobre sus “nexos” con dicha organización, la inmensa mayoría de colombianos vemos como se destapa a cuenta gotas un secreto que el mundo conoció a gritos: los paramilitares y la oligarquía colombiana son un solo monstruo de dos cabezas, que se ha beneficiado de los grandes ingresos del mercado ilegal de drogas

Lo aberrante y que causa indignación, es que siendo inocultable el genocidio cometido contra una nación hambrienta e indefensa, se pretenda trastocar la verdad y dejar como hasta ahora y para la historia de futuras generaciones, una versión deformada de la cruda y bárbara historia de la política, el paramilitarismo, y el narcotráfico en Colombia.

Hoy, cuando los hijos de los campesinos, de los obreros, de los esclavos, de los indígenas, de humildes mujeres, hemos descubierto su secreto y lo gritamos a todo pulmón al mundo entero… entonces esa misma putrefacta élite pretende trastocar la verdad y venderle a la comunidad nacional y mundial despistada y superflua, una falacia que no se la cree ni ella misma.

Según la historia que nos quieren contar empresas como EL TIEMPO, RCN y CARACOL, entre otras los paramilitares, no fueron creados por la prestigiosa oligarquía colombiana y no son narcotraficantes.

Entonces es mentira que al máximo líder paramilitar Carlos castaño, lo asesinaron sus socios por querer negociar su sometimiento a las autoridades de Estados Unidos y querer desmontar todas las redes de envío de drogas vinculadas a las AUC.

Entonces es mentira que Mancuso, Jorge 40, Diego vecino, Don Berna, Báez y sus secuaces por directas órdenes de los dueños del poder, descuartizaron con motosierras miles de campesinos, decapitaron otros y llegaron incluso a actitudes tan aberrantes como jugar fútbol con cabezas humanas.

Es mentira también que enterramos miles de compañeros de distintas organizaciones políticas, torturados y asesinados por el terrible delito de tener un pensamiento izquierdista.

Según Luís Carlos Restrepo, comisionado de paz, los paramilitares, son honrados y muy pobres campesinos, que cansados de que en Colombia -un país en el que se vive mejor que en Suiza-, exista guerrilla; decidieron unirse y luchar para construir un mejor país. Un país sin sindicalistas, sin líderes comunales, estudiantiles y populares.

Como si este cuadro de mentiras fuera poco, y con un inmenso irrespeto al pueblo colombiano, esos mismos medios de difusión, desleales a su compromiso moral y ético con la verdad, quieren propagar la absurda idea, de que los paramilitares, obligaron a la clase política ha aceptar una especie de connivencia con esa forma narcoterrorista de mantener el poder y evitar la protesta social.

Y en esta discusión generalizada que viene en aumento en Colombia, sobre lo que se ha llamado la “narco-para-política”, queremos desentrañar los factores que han incidido en la actitud poco honesta de muchos quienes se hacen llamar comunicadores, actitud que ha afectado el desarrollo normal de los procesos de comunicación en Colombia.

Observaremos a través de un breve seguimiento noticioso y su respectivo análisis, la importancia que los medios de comunicación adquieren para el mantenimiento de una institucionalidad legitima o ilegitima.

Comprobaremos cómo la investigación científica puesta al servicio del poder, facilita el mantenimiento del statu quo.

Sin duda esto nos facilitará acercarnos al entendimiento de la razones por las cuales algunos Senadores, Parlamentarios, funcionarios públicos, militares y personalidades de la sociedad, serán puestos en la picota pública, algunos pagarán modestas condenas en sus confortables domicilios o en cárceles adecuadas a sus “calidades personales”, y los más necesarios saldrán en limpio y se impulsarán a los mas altos cargos.

Caracol y RCN, reclamarán la exclusividad de la noticia. La opinión pública internacional, quedará satisfecha y la Comunidad Europea y el Congreso estadounidense, con todo y sus “demócratas”, seguirán aportándole y apostándole a la guerra en Colombia.
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LOS MEDIOS Y LA PAZ

Por: Comando Omaira Montoya Henao - FGS

Las políticas guerreristas del Plan Colombia -soporte económico de la “Seguridad Democrática” de Álvaro Uribe-, a pesar de su evidente fracaso, lejos de modificarse se incrementan y hacen prácticamente inviable una salida política al conflicto social y armado del país. La imagen que se vende de la situación colombiana empaña la realidad y obstruye el camino de la paz puesto que la única forma de hallar soluciones a un problema parte de conocerlo bien.

Los medios de comunicación son y serán por mucho tiempo, la mejor herramienta para crear consensos. En Vietnam, fueron los medios quienes alentaron a miles de jóvenes norteamericanos para que emprendieran la loca aventura de masacrar a millones de vietnamitas, pero esos mismos medios horrorizados con la magnitud de la masacre crearon un ambiente de rechazo en la opinión pública hacia esa guerra que ellos mismos orientados por la clase dominante norteamericana, elogiaron.

En Colombia, los principales medios de comunicación sin importar quienes sean sus propietarios (nacionales o extranjeros), se han caracterizado desde sus inicios por esconder la realidad, por manipularla de acuerdo a los intereses de la clase que representan.

Es gracias a los medios que muchos colombianos sienten alegría porque nuestro país está a las puertas de firmar un tratado de libre comercio con nuestro peor enemigo.

Es por la magia de los medios de comunicación que la inmensa mayoría de compatriotas creen vivir en un país moderno y democrático, a pesar de sufrir en su propia cotidianidad la injusticia de un mal salario, de una educación y salud privatizadas y de una represión sutil o violenta.

Los medios de comunicación también han jugado un papel importante en la campaña para deslegitimar la lucha popular. Por eso hoy la gente del común gracias a la escasa pero bien orientada cultura política que le han impuesto, ve en los indígenas a unos ignorantes invasores y en los distintos movimientos sociales los rezagos de un anacrónico comunismo. Por esa magistral maniobra de las oligarquías mediáticas, también la lucha armada se vincula al narcotráfico y la opinión pública nos tilda de narcoterroristas haciendo eco de lo que les dictan subliminalmente a través de programas como “contacto” del Canal Uno, “padres e hijos” de Caracol, “yo José Gabriel” de RCN, por citar algunos entre la degradante cantidad de novelas, concursos, noticieros y hasta transmisiones deportivas que subrepticiamente crean consenso.

Pensar en un ambiente para la paz, serio, moderado y constructivo, es difícil si se persiste en el discurso mediático guerrerista. De continuar ocultándose al mundo y a la opinión pública nacional, la magnitud de la lucha social y armada colombiana, el país seguirá perdiendo vidas, recursos naturales y económicos.

Los medios de comunicación tal vez en algún momento se cansen de alentar la guerra, tal vez se cansen de mostrar al Plan Colombia y a la seguridad democrática de Álvaro Uribe Vélez, como la cura para las desigualdades sociales de nuestra Colombia. Entre tanto seguirán inundándose las ciudades de desplazados, de desarraigados, de miseria, de tristeza; los campos seguirán siendo escenario de guerra; la clase dominante mantendrá sus privilegios y el capitalismo mundial continuará su violento saqueo.

Quienes pertenecemos al Ejército de Liberación Nacional, no fuimos paridos para la guerra, pero al igual que miles de colombianos, nuestros sueños se han visto aplazados por la pobreza, por la injusticia, por la desigualdad social. Nuestra lucha seguirá siendo armada hasta que las condiciones sociales que nos obligaron a empuñar un fusil, se mantengan.

Fieles al mandato de nuestro IV Congreso, seguimos apostándole a la salida política al conflicto, aún en este ambiente de guerra que impulsan los medios de comunicación.

¡NI ENTREGA, NI RENDICIÓN!

¡SOLUCIÓN POLÍTICA PARA EL PUEBLO Y LA NACIÓN!

¡NI UN PASO ATRÁS, LIBERACIÓN O MUERTE!

EJÉRCITO DE LIBERACIÓN NACIONAL

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