Presencia revolucionaria de Martí

PRESENCIA REVOLUCIONARIA DE MARTÍ*

Por FABRICIO OJEDA

¡Qué equivocados estaban quienes creyeron que en Dos Ríos había acabado la vida de Martí!... No sabían que su obra de genial pensador revolucionario crecería con el tiempo en el recio despertar de América y que hoy pudiera iluminar de nuevo el camino de sus hombres, el destino de sus pueblos.

En la aurora de la otra independencia –para la que él recomendó prepararse desde en-tonces-, América tiene en la palabra de Martí su más clara orientación y en su voz luz permanente que permite ver la verdad del propio porvenir. Fue que él supo pensar con vocación de futuro y legar como herencia la humildad de su vida, el patriotismo encendido, el amor a la bueno y a la útil.

Aquel hombre que a los dieciséis años hablaba con desenfado del Dante y de Lucrecio, de César y de Bruto, que había comenzado a mirar la vida desde las paredes lacerantes del presidio político; que en las pedreras del trabajo forzado pagó su incipiente pasión por la libertad, no podía desaparecer ni perder vigencia en la lucha convulsionada de sus pueblos para llegar al encuentro con lo que él soñó en sus noches de peregrino y visiona-rio. Quienes “pidieron ayer y piden hoy la liberta más amplia para ellos, y hoy mismo aplauden la guerra incondicional para sofocar la petición de libertad de los demás”, no pensaron nunca que la existencia de aquel luchador irresistible se proyectaría como látigo hacia el presente para golpear sus espaldas y dejar caer sobre sus cabezas el puño demo-ledor de las ideas.

Martí lo advertía con claridad: “Cuando no os son conocidos los sacrificios de un pue-blo, cuando no sabéi
s que las doncellas bayamesas aplicaron la primera tea a la casa que guardó el cuerpo helado de sus padres, en que sonrío su infancia, en que se engalanó su juventud, en que se produjo su hermosa naturaleza; cuando ignoráis que un país educado en el placer y en la postración trunca de súbito los perfumes de la molicie por la miasma fétida del camposanto, y los goces suavísimos de la familia por los azares de la guerra, y el calor del hogar por el frío del bosque y el cieno del pantano, y la vida cómoda y segura por la vida nómada y perseguida y hambrienta y llagada y enferma y desnuda; cuando todo esto ignoráis, hacéis mal en negárselo todo; hacéis mal en condenar tan absoluta-mente a un pueblo que quiere ser libre, desde lo alto de una nación, que en la inconciencia de sí misma, halla aún noble decir que tan bien quiere serlo”.

Es lo mismo que hoy podría expresar cualquier pueblo nuestro que abandona su apa-rente tranquilidad para combatir el colonialismo y la tiranía. Lo mismo que se puede decir ante la intromisión de los poderosos en la vida de los débiles. Y es que Martí cuando lo manifestaba así, tajantemente, sin retórica ni eufemismos, estaba pensando en el porvenir de América, en la repetición consecuente de los obstáculos que encontrarían nuestros países durante el camino irrenunciable de la independencia. Sabía que siempre quienes ignoraran la realidad de otros, tenderían a condenarlos absolutamente. Comprendía que la lucha de entonces se repetiría muchas veces y hallaría las mismas barreras, iguales incomprensiones.

A la vez su genio preveía el desenlace irrefutable. Para él, como para todos los hom-bres de su mente, la historia no podrá detenerse, habrá de seguir su curso contra todo lo que pretenda oponérsele; pensaba que la tormenta estallaría en algún momento, “y la tormenta estalló al fin; y así lentamente fue preparada; así furiosa e inexorable, se desencadenó”. Fue la admiración que colocó ante los que cegados por su prepotencia artificial no pensaron jamás que la tormenta era indetenible. ¿Y qué es lo que hoy está ocurriendo? ¿Y qué es lo que hoy está viendo la humanidad? Sencillamente, que la tormenta que Martí vislumbraba con visión de profeta, no podía quedarse en el cielo encapotado por el artificio de los poderosos.

Pero él comprendía así mismo que nada sería fácil. Que la reacción vendría y la lucha habría de ser más dura, pues “cada vez bestia obraba con la furia de su privilegio amenazado”. Esta es la realidad. La Revolución que Martí quería para su pueblo y aspiraba para su América, no podía lograrse con el solo estallido de la tempestad que despedazara privilegios y destruyera injusticias. La Revolución que Martí soñaba suponía transformaciones profundas, militancia permanente contra los enemigos que ella misma engendraba. La Revolución que Martí forjaba en su pensamiento no podía conformarse con el triunfo inicial de sus armas, sino que habría de avanzar hasta aplastar definitivamente la última bestia que pudiera perturbarla o ponerla en peligro de frustración.

Cuando así actuaba, con estas precauciones, Martí se comportaba como lo que era: como un revolucionario moderno. Se acogía al análisis dialéctico de la historia y revelaba haber bebido en la fuente de la más avanzada teoría revolucionaria. Al contrario de lo que muchos pensaban en su época, el apóstol cubano no creía lograda la independencia con la sola separación de España, ni aun con el establecimiento en su país de un gobierno criollo. Ello no bastaba, era necesario reafirmarla en el espacio y en el tiempo para evitar amenazas ulteriores. España era el enemigo de entonces, pero no sería la amenaza de siempre.

Una vez liberada Cuba y otros pueblos del dominio español, viejas ambiciones de un vecino malvado penderían sobre sus propias cabezas. No valía la pena, en su opinión, librarse de unas garras rapaces para caer en otras más sanguinarias. Para Martí la inde-pendencia tenía que ser total y absoluta, sin ataduras ni contradicciones. La Revolución debía preverlo todo, si quería lograr sus objetivos. Ello suponía un estudio a fondo de sus causas y de sus consecuencias y Martí dedicó toda su vida, toda su capacidad, todo su genio a esclarecer, dentro del análisis creador, la enmarañada trama del proceso revolu-cionario que se planteaba para su Patria. Muchas veces se entregó a frenar los impulsos emocionales de sus compañeros y recriminó a sus viejos amigos por lanzarse a una aven-tura extemporánea. Su condición de verdadero revolucionario no lo permitía permanecer impasible ante los errores de los demás. Y escribía artículos y redactaba cartas sin cesar para abrir los ojos y convencer, con habilidad dialéctica, a quienes él creía equivocados. Esta actitud sincera, franca, revolucionaria, provocó suspicacias, despertó sospechas.

Entonces, pocos se daban cuenta de la claridad de su pensamiento, de lo justo de sus ideas. Martí no se amilanó. Tomó la pluma que manejaba con destreza y respondió, de prisa:
“Jamás, señor Collazo, fui el hombre que usted pinta. Jamás dejé de cumplir en la pri-mera guerra, niño y pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo. ¡Queme usted la lengua, señor Collazo, a quien le haya dicho que serví yo ‘a la madre Patria’.”

Martí no tenía otra pasión que el amor por su tierra, por la libertad de su Patria. Sus desvelos, sus angustias, sus alegrías, giraban alrededor de la Revolución cubana. Tiempo le faltaba para la lucha y nunca se fatigaba de escribir a sus amigos, de interesar a los emigrados en esa pasión suya. Su obra literaria está orientada por el amor a Cuba y a Hispanoamérica. Sus sacrificios están signados por la vocación revolucionaria. Sus espe-ranzas son la independencia de América. Y todo este amor, y toda esta pasión los traduce al lenguaje sencillo:
“Vivo por la Patria y por su libertad real, aunque sé que la vida no me ha de alcanzar para gozar del fruto de mis labores, y que este servicio se ha de hacer con la seguridad, y el ánimo, de no esperar por él recompensa.”

(II)

Cuba tenía en Martí “la forma justa de su vida y la medida de su pensamiento.” La cruel-dad del gobierno colonial era furia permanente; la pobreza del pueblo, angustia intermina-ble. Él las combatía sin fatiga. Con palabras que tenían la fortaleza de su espíritu describía el martirio de su pueblo:
“Doce años tenía Lino Figueredo, y el gobierno español lo condenaba a diez años de presidio.
“Doce años tenía Lino Figueredo, y el gobierno español lo cargaba de grillos, y lo lan-zaba entre animales, y lo exponía, quizás como trofeo, en las calles.”

¿Había algo más patético para describir el crimen? ¿Había algo más inhumano? Martí era la palabra precisa, el concepto justo. Y cuando quería expresar su alegría, cantaba; era poeta. Y cuando quería expresar su esperanza, pintaba, era pintor...

En el destierro vivía para Cuba. A cada instante levantaba su voz para hacer entender el drama de su Patria, la que aún vivía bajo cadenas imperiales. Frente a la Primera Repú-blica Española, se yergue valiente y compara el sufrimiento de los republicanos con la angustia de Cuba. Y reclama. Era inconcebible que quienes habían sobrevivido a la lucha por la libertad, se la negasen a los demás cuando la tenían en sus manos. Cuba no podía esperar que la consecuencia con las ideas obligara a los republicanos españoles a entre-garle la libertad, a concederle graciosamente la independencia. El choque era inevitable y “engendrado por las ideas republicanas entendió el pueblo cubano que su honra andaba mal con el gobierno que le negaba el derecho a tenerla. Y como no la tenía, y como sentía patente su necesidad, fue a buscarle en el sacrificio y el martirio, allá donde han solido ir a encontrarla los republicanos españoles”.

La insurrección había estallado. Los cubanos no querían perder tan maravillosa oportu-nidad. En España habían tomado el poder hombres que profesaban sus mismas ideas y no podía esperarse que luego las combatieran con las armas. Martí pensaba de esta manera. Creía que el triunfo de la República en la Península era la victoria universal de la República. Y lo reconocía con sinceridad:
“Yo apartaría con ira mis ojos de los republicanos mezquinos y suicidas que negasen a aquel pueblo vejado, agarrotado, oprimido, esquilmado, vendido, el derecho de insurrec-ción por tantas insurrecciones de la República española sancionado. Vendida estaba Cuba a la ambición de sus dominadores: vendida estaba a la explotación de sus tiranos. Así lo ha dicho muchas veces la República proclamada. De tiranos los ha acusado muchas veces la República triunfante. Ella me oye: ella me defienda.”

Martí esperaba que comprendieran a su pueblo. Él quería que vieran su tragedia. Y al saludar la República que triunfa, le recuerda a sus hombres:
“La lucha ha sido para Cuba muerte de sus hijos más queridos, pérdida de su prosperi-dad que maldecía, porque era propiedad esclava y deshonrada, porque el gobierno le permitía la riqueza a trueque de la infamia, y Cuba quería su pobreza a trueque de aquella concesión maldita del gobierno.”

Y desafía el amor propio de los republicanos:
“Hable en buen hora el soberbio de la honra mancillada –tristes los que no entienden que solo hay honra en la satisfacción de la justicia: -defienda en buen hora el comerciante el venero de riqueza que escapa a su deseo, -pretenda alguno en buen hora que no con-viene a España la separación de las Antillas. Entiendo, al fin, que el amor de la mercancía turbe el espíritu, entiendo que la sinrazón viva en el cerebro, entiendo que el orgullo des-medido condene lo que para sí mismo realza, y busca y adquiere; pero no entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.”

Y los advierte a la vez:
“Mi Patria escribe con sangre su resolución irrevocable. Sobre los cadáveres de sus hijos se alza a decir que desea firmemente su independencia. Y luchan, y mueren. Y mue-ren tanto los hijos de la Península como los hijos de mi Patria. ¿No espantará a la Repúbli-ca española saber que los españoles mueres por combatir a otros republicanos?”

Martí expone argumentos en el alegato creador. Es la hora de que comprendan clara-mente el drama cubano. Es la hora de que los republicanos, sepan ser consecuentes con los principios. Martí los compromete:
“La República niega el derecho de conquista. Derecho de conquista hizo a Cuba de España.
“La República condena a los que oprimen. Derecho de opresión y de explotación ver-gonzosa y de persecución encarnizada ha usado España perpetuamente sobre Cuba.
“La República no puede, pues, retener lo que fue adquirido por un derecho que ella niega, y conservado por una serie de violaciones de derecho que anatematiza.
“La República se levanta en hombros del sufragio universal, de la voluntad unánime del pueblo.
“Y Cuba se levanta así. Su plebiscito es su martirologio. Su naufragio es su revolución. ¿Cuándo expresa más firmemente un pueblo sus deseos que cuando se alza en armas para conseguirlos?
“Y si Cuba proclama su independencia por el mismo derecho que se proclama la Re-pública, ¿cómo ha de negar la República a Cuba su derecho de ser libre, que es el mismo que ella usó para serlo? ¿Cómo ha de negarse a sí misma la República? ¿Cómo ha de disponer de la suerte de un pueblo imponiéndole una vida en que no entra su completa y libre y evidentísima voluntad?”

Pero la República, sorda, siguió el camino de la Monarquía y quiso ahogar en sangre la decisión cubana de ser libre. Negó todo cuanto Cuba pedía y reclamaba. Ni siquiera con-cedían tibias reformas. Mas, cuando quisieron hacerlo, cuando Nicolás Salmerón pide para Cuba lo que Cuba siempre había demandado, era demasiado tarde. Las llamas de la Revolución se propagaban alegres por los montes de Cuba. Ya nada podría detenerla y antes, por el contrario, cualquier concesión del gobierno español robustecía la Revolución y la avivaba. Entonces, cuando se empeñaban en querer detener la insurrección con el señuelo de las reformas, Martí escribe en Sevilla:
“¿Acaso Salmerón no entiende que Cuba ha llegado a su período de emancipación, como han llegado todas las colonias que saben morir durante cuatro años ante el ejército numeroso de una potencia que no los vence ni los doblega, ni los humilla, ni altera su decisión?”

El gobierno español que al principio no quiso dar importancia a la lucha del pueblo cu-bano, lo que ocurre casi siempre, reaccionó demasiado tarde; abrió los ojos cuando ya todo era tinieblas para sus ambiciones:
“Si antes de la Revolución –decía Martí- eran justas, si eran necesarias antes de que existiese la Revolución, después de la Revolución era necesario algo más que las refor-mas.”

Otra vez Martí asumía posiciones radicales, producto de su formación revolucionaria. Sabía que aceptar cualquier reforma, por más amplia que ella fuera, era detener la Revo-lución, destruirla en su esencia y en su espíritu. Cuando un pueblo se dispone a realizar una transformación substancial en su estructura no puede conformarse con simples refor-mas, con superficiales reformas que apenas satisfagan algunos de sus objetivos. Martí al combatir las reformas que, como graciosa concesión o asustado quizá por la violencia, ofrecía el gobierno español, reafirmaba su gran capacidad de revolucionario moderno que había bebido en las fuentes más avanzadas de la historia y que comprendía, por la antigua experiencia, que “un pueblo antes de la Revolución no puede ser después de ella como era”, pues “pasarían entonces en vano las revoluciones para los pueblos”.

Para Martí, como para quien es revolucionario de verdad, la Revolución no puede que-darse en la superficie, ni rozar apenas las viejas estructuras. Tiene que emplearse a fondo, sustituir los sistemas, crear nuevas perspectivas para la libertad del pueblo, la justicia, el bienestar del hombre.

Martí estaba consciente de que el reformismo no podía conducir a la liberación definitiva.

(III)

Los primeros brotes insurrecciónales fracasaron, pero dejaron la experiencia que Martí aprovecharía ulteriormente en la organización de la Revolución. La actitud de los Estados Unidos frente a aquellas manifestaciones, le hacía vislumbrar un peligro mayor...

Estudioso siempre, precavido en todo momento, revolucionario integral, Martí dedicó todo su tiempo al análisis de los diversos factores que podrían incidir en el nuevo proceso cubano. No solo consideraba las posibilidades físicas o materiales de su pueblo: Martí buceaba en el fondo de su preparación mental. Pesaba la fuera moral del combatiente y medía el poder del enemigo, y hasta llegaba a pensar -¿por qué no?- en el comportamien-to de los sectores vacilantes. Fue ésta quizá una de las mayores cualidades del luchador cubano, quien más que por impulso del espíritu, obraba con base a la propia realidad. ¡La Revolución para triunfar tenía que emprenderse sobre condiciones ciertas!, ¡tenían que llenar determinados requisitos esenciales!

Martí actuó con esta clara concepción y lo confirma en su primera carta al general Máximo Gómez, donde dice:
“Ya llegó Cuba, en su actual estado y problemas, al punto de entender de nuevo la in-capacidad de una política conciliadora, y la necesidad de una Revolución violenta. Pero sería suponer a nuestro país un país de locos, exigirle que se lanzase a la guerra en pos de lo que ahora somos para nuestro país, en pos de un fantasma. Es necesario tomar cuerpo y tomarlo pronto, y tal como se espera que nuestro cuerpo sea. Nuestro país abun-da en gente de pensamiento, y es necesario enseñarles que la Revolución no es ya un mero estallido de decoro, ni la satisfacción de la costumbre de pelear y mandar, sino una obra detallada y previsora de pensamiento. Nuestro país vive muy apegado a sus inter-eses, y es necesario que le demostremos hábil y brillantemente que la Revolución es la solución única para sus muy menguados intereses. Nuestro país no se siente aún fuerte para la guerra, y es justo, y prudente, y a nosotros mismos útil, halagar esta creencia suya, respetar este temor cierto e instintivo y anunciarle que no intentamos llevarlo contra su voluntad a una guerra prematura, sino tenerlo todo dispuesto para cuando él ya se sienta con fuerzas para la guerra. Por de contado, General, que no perderemos medios de pro-vocar naturalmente esta reacción. Violentar el país sería inútil, y precipitarlo sería una mala acción...”

Era ya el asomar de una estrategia y una táctica revolucionarias bien delineadas. Por una parte había que ir combatiendo las reservas frente a la Revolución y, por la otra, con-tribuyendo a madurar las condiciones para la guerra. El país no podía ser violentado ni se podían precipitar las condiciones. (Extraordinaria previsión ésta de buen revolucionario.) Antes había que despertar el consenso mayoritario, levantar la mística y convencer sobre los fines de la Revolución que representaban la solución más apropiada. Paciente, pero provechoso trabajo era éste que se había impuesto Martí y que quería hacer comprender a los demás para evitar nuevos fracasos. Su juventud, le obligaba al análisis sensato, a la orientación ponderada, para que los llamados hombres de experiencia, no pudieran des-confiar ni verse arrastrados a una loca aventura, producto de la inquietud juvenil.

El pasado de la lucha, el saber valorar precisamente los factores principales de los pri-meros fracasos, lo hicieron otear nuevos peligros sobre la suerte de su Patria. Martí no podía dejar sin importancia la actitud de los Estados Unidos a lo largo de la historia revolu-cionaria de Cuba. La política oficial norteamericana se había expresado contra la indepen-dencia de la Isla en 1826, en 1830, en 1840, en 1851 y en 1868, cuando el presidente Grant recriminó el Grito de Yara. Pero Martí sabía igualmente que tal actitud del régimen yanqui contaba con la aprobación de sectores cubanos que favorecían la anexión de su país a los Estados Unidos, como fórmula fácil de resolver los problemas planteados, sin los peligros ni los sacrificios que imponía la Revolución.

Por ello advierte al general Máximo Gómez:
“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que los demás peligros. En Cuba ha habi-do siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abomi-nar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los benefi-cios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos.”

Y agrega con acritud:
“Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los ape-gados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamen-te.”
Martí, en su incansable labor, escribe al general Antonio Maceo, a Juan Ruz, a José Dolores Poyo, a Juan Arnao, y a todos les comunica su entusiasmo, su fe en el triunfo de la Revolución.

El 16 de diciembre de 1887 –cinco meses después de su primera carta- escribe al general Máximo Gómez:
“Cuba no es ya el pueblo niño e ignorante que se echó a los campos en la Revolución de Yara, sagrada madre nuestra; sino un país donde lo que quedó de aquella generación, con todas sus experiencias y pasiones, se ha mezclado con la masa culta que trajo el crecimiento activo de la política de los países del destierro, y con la generación nueva, tan dispuesta a pelear por la Patria, pagando así su deuda a los que por ellos murieron, como a resistirse a pelear por una solución oscura y temible, en cuya preparación y fin no vean un plan grandioso, digno de su sacrificio.”

Martí insistía, con gran razón, en incorporar al pueblo a la lucha revolucionaria, sin que tuviera temor al sacrificio. Era necesario acreditar en el país la solución revolucionaria. Exponer con claridad cuáles eran sus fines, cuáles sus objetivos inmediatos, cuáles sus perspectivas históricas. Así, todos sabrían por qué iban a luchar, por qué iban a morir o a triunfar. Además, había que ir hacia la unidad revolucionaria, había que proceder sin de-mora a organizar, con la unión de los jefes afuera, -y trabajos de extensión, y no de una mera opinión, adentro-, la parte militar de la Revolución. Esta era la reafirmación de una estrategia previamente concebida que se desgranaba en tácticas precisas para la lucha final. A Martí no escapaba el menor detalle, ni le fatigaba lo minucioso del trabajo. Parecía que su cerebro y su espíritu fueran volcanes en estado de permanente erupción. No había día en que no produjera un nuevo argumento, ni encendiera una nueva palabra para que-mar con ellos el espíritu calcinado de los descreídos.

Sus cartas y sus artículos irradian esperanza y levantan la fe. Y hasta los más rezagados le siguen con lealtad.
“Ancha es la tierra de Cuba inculta –dice-, y clara es la justicia de abrirla a quien la em-plee, y esquivarla de quien no la haya de usar; y con buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante. Cuba tendrá casa para mucho hombre bueno, equilibrio para los problemas sociales, y raíz para una República que, más que de disputas y de nombres, debe ser de empresa y de trabajo.”

¿Cómo no seguir a aquel hombre, que cual iluminado, abría nuevas perspectivas? Mar-tí acompañaba, al amor por la libertad, la pasión por la justicia; y al deber de la lucha, la esperanza de una vida mejor. “Habrá casa para mucho hombre bueno y equilibrio para los problemas sociales.”

Era él como un adelantado que abría nuevas perspectivas al comba-te. Ya no se lucharía solo por la libertad. Ya no se lucharía solo por la independencia –causas nobles suficientes para cualquier sacrificio. Se lucharía por la tierra, por la justicia social que habría de hacer a Cuba una “República de empresa y de trabajo”.

Martí no solamente se elevaba por encima de su tiempo, sino que llega a superar la vi-gencia actual de la democracia formalista, de esa democracia que se basa exclusivamente en el ejercicio teórico de las libertades. En 1893, el Apóstol habla en América de la necesi-dad de abrir la tierra a quien la emplee, y esquivarla a quien no la haya de usar. ¿No era acaso el principio de la lucha antifeudal? ¿No era el alumbramiento de la Reforma Agraria? Martí completaba en esta forma su convicción revolucionaria al servicio del pueblo, a favor de los humildes que necesitan tierra, casa, trabajo y contra los poderosos que ociosa mantienen la tierra.

A la vez llenaba el ambiente de ternura, predicaba la paz y ofrecía la convivencia. En su pensamiento había formado un país nuevo –oh, si Martí viviera– donde la justicia no lo era todo; donde la libertad no bastaba. Era una República de sueño para entonces que solo podía vivir en la mente de Martí. Era la base de una acción futura que solo Martí, visionario y poeta, podía vislumbrar en el amplio horizonte de la Patria.

Los sacrificios, las luchas, el destierro constituían lecciones inapreciables que redobla-ban el efecto por la libertad, la pasión por la independencia. Y desde el exilio su literatura conmueve a los cubanos, los hace pensar más seriamente en el destino del país. No obstante, él no descansa, no pierde un momento de su vida para bordar, con paciencia infinita, la alfombra extraordinaria donde habría de descansar el pueblo feliz y redimido. Sobre el cual, todos podrían vivir en paz.

Desde Nueva York escribe a su amigo J. A. Lucena: “Aquí hemos aprendido a amar a aquella Patria sincera donde podrían vivir en paz los mismos que nos oprimen si aprenden a respetar los derechos que sus hijos hayan sabido conquistar; donde podrán vivir en amor los esclavos azotados, y los que los azotamos”. Es la expresión de su bondad que rebasa los límites del odio, la traducción de la justicia que en su espíritu se inflama de ternura. Es vida de un demócrata sin tasa; pero jamás un liberalismo trasnochado. Él lo dice muy bien: “podrían vivir en paz los mismos que nos oprimen, si aprenden a respetar los derechos que sus hijos hayan sabido conquistar”. Son condiciones inexcusables para otorgar la paz a quienes por siempre la han mancillado. Supone, igualmente, el destierro total de la opre-sión y la convivencia condicionada al respeto de las nuevas coyunturas.

Martí vivía para la creación: no podía haber convivencia entre los sectores histórica-mente en pugna si no se respetaban los derechos de las mayorías, aquellos que los hijos de Cuba hubieran sabido conquistar. No podían convivir en paz el antiguo opresor, el mayoral, con los viejos oprimidos, si aquellos querían conservar sus privilegios, irrespetar las leyes y atentar contra el sistema establecido por los hijos de Cuba. ¿Cómo permitir una convivencia donde los opresores continuaran siendo opresores y los privilegiados siguie-ran siendo privilegiados? Ello era simplemente claudicación y entrega que jamás podía encontrar asidero en la conciencia revolucionaria de un combatiente popular.

La Revolución era el fin de las clases opresoras, la destrucción de la injusticia, la erra-dicación de los privilegios. Su triunfo determinaría una estructura distinta con una bandera enarbolada en el tope del mástil de la Patria: los derechos que el pueblo haya conquistado y que han de ser para siempre inalienables. La Revolución era la gran esperanza que el tiempo convertiría en gigante.

“La Revolución en Cuba –decía el Apóstol- es una gigante que solo de sí propio, como ya una vez, puede recibir heridas. La Revolución en Cuba es el aire que respira, el pañuelo que la novia regala, el saludo continuo de los amigos, el recuerdo que venga y que prome-te, el suceso que aguardan todos. En todo está y en los mismos que no la desean. Nada puede vencerla.... Si la labor de hoy se viniese abajo, y no parece que haya de venir, otra la sustituiría, mejorada por nuestros tropiezos y nuestros yerros.”

¡Qué extraordinario concepto sobre la fuerza del pueblo! Porque Martí creía en él, podía asegurar con precisión y optimismo su gran papel en el proceso histórico cubano. Los pasos iniciales de una revolución pueden detenerse y fracasar en un momento determina-do. Circunstancias y factores de diversa índole son capaces de influir en tal sentido; pero jamás condena eternamente el desenlace natural de la historia. Mientras subsista la opresión, mientras los problemas sociales y económicos permanezcan como fardo pesado sobre las espaldas del pueblo, mientras haya clases poderosas y clases débiles, explota-doras y explotadas, el germen de la revolución subsiste, se desarrolla con el alimento permanente de la contradicción, y al fin, nada ni nadie puede matarlo. Estaba en lo cierto Martí cuando expresaba que nada podía vencer la Revolución cubana. Sus causas serían siempre las mismas y las posibilidades de triunfo, indiscutibles.

Si aquellas jornadas pre-cursoras no cristalizaban en la victoria definitiva, no había por qué desencantarse o decep-cionarse. Si la Revolución se venía abajo, otra la sustituiría mejorada por los primeros tropiezos y los posibles yerros. Bastaron apenas cincuenta años para confirmar la razón de Martí y hoy Cuba, inspirada en las luchas del pasado, aguijoneada por la actitud de los precursores, alentada por los principios que ellos sostuvieron, se levanta en América para anunciar que el proceso revolucionario iniciado hace medio siglo ha vencido, ha derrotado para siempre los factores opuestos. Nada importa que las fuerzas organizadas en la con-trarrevolución pretendan insurgir de nuevo y que ellas como ayer, puedan contar con el poderío universal de los explotadores, porque como decía Martí, “la Revolución cubana sigue siendo el aire que se respira y el saludo continuo de los amigos”.

“¡La Revolución en Cuba es un gigante...!”

En América Latina, a la cual Martí sirvió con pasión inigualable, habrá de ocurrir lo mismo. Los problemas que afectan a estos pueblos son iguales a los que la Revolución cubana ha venido liquidando, son causas similares a las que en todas partes del mundo han dado origen a la Revolución, la han levantado en la conciencia popular. Las ideas de Martí y de todos los libertadores americanos continúan vigentes. Ellos esperan aún la consolidación definitiva de la obra que con valor y entusiasmo supieron iniciar.

Y como en Cuba triunfó Martí, Bolívar habrá de triunfar en Venezuela, y San Martín en Argentina, y Artigas en Uruguay, y O’Higgins en Chile, y Morelos en México.

A la Revolución latinoamericana nada puede detenerla.

Las nuevas generaciones del continente explotado, del pueblo escarnecido, empuñan otra vez las banderas de Bolívar y de Martí, las de todos sus precursores, y avanzan con ellas en alto contra la moderna dominación colonial, hasta que al fin la luz permanente de la libertad ilumine sus tierras y consolide el progreso. La lucha por la independencia está planteada, las viejas batallas se renuevan en combates decisivos que derrumbarán la influencia del nuevo Imperio y América será lo que soñaron sus libertadores: el Continente de la Libertad.

Entonces ellos descansarán en paz…

27 de enero de 1967
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* Fabricio Ojeda (Boconó, Trujillo, Venezuela, 1929 - Caracas, 1966). Escritor, periodis-ta. Electo diputado en 1958, renunció al cargo en 1962 para incorporarse a las guerri-llas, donde llegó a obtener el grado de comandante y presidió el FNL en el distrito Argimiro Gabaldón. Al bajar a la ciudad, fue apresado en Caracas y asesinado cuatro días después, el 21 de junio de l966. Fue un admirador de la Revolución Cubana y del pensamiento martiano. En 1962 se publicó en La Habana su libro Presencia revolucionaria de Martí, cuyos tres primeros capítulos reprodujo BOHEMIA en 1967.