Informe del CC al VIII Congreso del PCS
Fecha: 1993 03 04
Grupo: Partido Comunista de El Salvador (PCS)
País: El Salvador
Categoria : Comunicado
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INFORME DEL CC AL VIII CONGRESO DEL PCS

4 de marzo de 1993

INDICE

ANTECEDENTES
I EL VII CONGRESO Y EL VIRAJE HACIA LA LUCHA ARMADA
II EL PARTIDO Y LA GUERRA REVOLUCIONARIA
III ACIERTOS Y DIFICULTADES EN LA CONCENTRACION Y DESCONCENTRACION DE FUERZAS
IV LA DERROTA DE LA OPERACION FENIX EN GUAZAPA
V PREPARACION DE LA CONTRAOFENSIVA ESTRATEGICA
VI EL PCS EN EL DESENLACE NEGOCIADO DE LA GUERRA
VII EL PCS EN LA POST-GUERRA

ANTECEDENTES

El presente informe del CC abarca los acontecimientos ocurridos en la vida del PCS luego del VII Congreso, su participación en 12 años de Guerra Popular Revolucionaria y en el actual proceso de ejecución de los históricos Acuerdos de Paz que marcaron el desenlace de la primera.

La intensidad de los hechos transcurridos en todo este período hace difícil una relación exhaustiva de todos y cada uno de los aspectos en los cuales el PCS tuvo participación, más sin embargo esta es la oportunidad en que todo el Partido, a través de los Delegados asistentes a este VIII Congreso, haga un examen de la conducta asumida en los diversos terrenos del enfrentamiento con los enemigos de la Revolución en este período tan trascendental para la historia de El Salvador.

En 1979 llegamos al VII Congreso con toda la convicción de que debíamos prepararnos para ponernos a la altura de las demandas que el proceso de la Revolución en nuestro país estaba planteando. Veníamos de una larga trayectoria en la cual el PCS había experimentado con diversas formas de lucha para acceder al poder. En este contexto el Partido tomó participación decidida en la construcción y conducción del movimiento gremial, sindical, universitario y campesino. Nuestro Partido participó activamente en las luchas anti-dictatoriales que llevaron a la caída de los regímenes de Hernández Martínez y Lemus, coincidiendo en estas ocasiones en el torrente de las fuerzas democráticas. En los años sesentas desplegamos los primeros esfuerzos, luego de la derrota de 1932, para iniciar las acciones armadas al servicio de una clara política de lucha por el poder. En esa misma década y en el transcurso de la siguiente el PCS se involucra activamente en las luchas electorales que llevaron a su agotamiento al modelo político de la dictadura militar hasta entonces vigente.

Nuestra participación electoral al lado de importantes sectores democráticos se produjo en el marco del inicio y despliegue de la lucha armada por otras organizaciones revolucionarias y en medio de una fuerte polémica con éstas alrededor de las formas de lucha para la toma revolucionaria del poder.

No obstante esa polémica el hecho objetivo es que la lucha armada, las acciones populares que se multiplicaban a lo largo del país hasta confluir en la creación de un poderoso movimiento de masas a mediados de los años setenta y las grandes movilizaciones populares propiciadas por la lucha electoral, y mas concretamente las victorias electorales de 1972 y 1977, convergieron volviendo históricamente insostenible ese modelo político de la dictadura militar y aceleraron la maduración de la crisis política, que estallaría hacia finales de los setenta.

I EL VII CONGRESO Y EL VIRAJE HACIA LA LUCHA ARMADA

Después de las protestas violentas de febrero de 1977 impulsadas por el PC en defensa de la victoria electoral y del pleno del CC en abril de ese año en que se decidiera realizar el viraje hacia la lucha armada, transcurrieron dos “largos” años de intenso debate interno antes de que el VII Congreso, celebrado en abril de 1979, reafirmara la decisión del viraje.

A esas alturas, la lucha armada venía desarrollándose de forma creciente, impulsada por otras organizaciones revolucionarias, ante el cierre cada vez mayor por parte de la dictadura de espacios para otras formas de lucha y la profundización de la represión.

La incorporación del Partido a la lucha armada formaba parte de una respuesta más integral a los problemas fundamentales de la revolución. El Congreso dotó al PC de la necesaria fundamentación y proyección histórica; dejando claramente establecido el carácter democrático y antimperialista de esta primera etapa de la revolucion con rumbo al socialismo, y en correspondencia con ello precisó las tareas principales de la misma. Resolvió el viejo y falso dilema teórico de la izquierda revolucionaria y en particular de los PC de contraponer la revolución democrática a la revolución socialista como si se tratara de dos revoluciones completamente separadas.

El séptimo congreso de nuestro partido aunque no logró percibir que nos encontrábamos en vísperas de la entrada a la guerra propiamente, abordó el problema de la vía de la revolución reafirmando la tesis general de que había que combinar todas las formas de lucha. Aunque de manera insuficiente, identificó a las fuerzas sociales interesadas en llevar adelante la revolucion democrática; trazó los rasgos principales de la política de alianzas y los del enemigo principal de la revolucion y se pronunció anticipadamente por la unidad revolucionaria del país.

El viraje acordado era integral y ponía el acento en la solución del problema del poder. Sólo faltaba que el Partido adoptara una conducta política práctica, en concordancia con esas decisiones, trazándose así, la consigna de construir un partido en guerra lo cual demostraba la determinación de consumar la incorporación plena a la lucha armada.

El triunfo de la Revolución Popular Sandinista en Nicaragua, el 19 de julio, confirmó en lo fundamental las líneas trazadas en el Congreso. En particular le dio un impulso grande a la línea de la unidad de la izquierda, adoptada por el PC en el VII Congreso, guiado por la verdad refrendada por las experiencias revolucionarias mundiales pasadas y recientes de que para resolver bien el problema de la vanguardia es absolutamente necesario resolver bien el problema de la unidad de la izquierda.

El Golpe de Estado de Octubre de 1979

En el marco de una profunda crisis de la dictadura militar caracterizada, entre otras cuestiones, por un aislamiento interno y externo cada vez más pronunciado y por el fracaso de sus esfuerzos por contener la lucha popular, el gobierno del General Romero intentó construirse una base de apoyo social convocando a diversos sectores del país a formar el llamado Foro Nacional.

El PCS, junto a otras organizaciones revolucionarias y partidos políticos de oposición, organizaciones gremiales e instituciones constituyeron el Foro Popular, saliéndole al paso a la maniobra gubernamental. El 15 de octubre de 1979 se produjo el Golpe de Estado contra el Gobierno del General Romero y el Foro Popular pasó a integrarse al primer gobierno surgido del golpe. De esta forma, el PC participó en el mismo a pesar de que en el informe del Comité Central al VII Congreso se advertía del riesgo y costos políticos que acarrearía a la revolución y al partido la participación en una maniobra de apariencias democráticas, urdida por los enemigos de la revolución para impedir el triunfo revolucionario, en nuestro país como el recientemente ocurrido en Nicaragua.

Era claro que participar en una maniobra de tal naturaleza, ponía en riesgo la unidad de la izquierda, la línea recién acordada por el Congreso y en general las perspectivas de la revolucion misma.

Sin embargo, la participación en el golpe de militares democráticos que propiciaron la incorporación en el gobierno de las organizaciones del Foro Popular y de otros sectores y personalidades progresistas motivó la decisión de la Comisión Política del PC de participar en ese gobierno para contribuir, en lo posible, en el esfuerzo democratizador.

Pero los objetivos del golpe fueron rápidamente frustrados por los sectores más oscurantistas de la oligarquía y la Fuerza Armada, neutralizando toda posibilidad de acción a la primera Junta de Gobierno que de hecho se proponía el impulso de una serie de reformas económicas y sociales.

Ante esa situación la Comisión Política valoró que no se podía continuar apoyando un gobierno - que en realidad no gobernaba— y se adoptó la línea de organizar la crisis en el gobierno para acelerar el retiro del mismo de las otras fuerzas y personalidades progresistas que participaban en él.

La decisión del retiro fue necesaria y oportuna, contribuyó a aislar a la dictadura, a evidenciar el carácter
contrainsurgente de la otra junta de gobierno que se
estableció mediante un pacto entre los sectores derechistas de la Fuerza Armada y la Democracia Cristiana y allanar el camino para la Unidad de las organizaciones revolucionarias y democráticas.

Mientras tanto, en las calles ascendía vertiginosamente la ola de masas. La respuesta de la dictadura militar fue multiplicar e intensificar sus acciones represivas y matanzas, como táctica para contener la amenaza de la revolución, encabezada, por separado, por las distintas organizaciones de izquierda revolucionaria, incluyendo por supuesto al PCS.

El proceso de unidad de la izquierda revolucionaria.

La decisión del PC de retirarse del gabinete, de proceder en consecuencia con la decisión de adoptar la lucha armada y en general con la lucha por la revolucion, contribuyó a que se produjera, el l7de diciembre de 1979, el primer acuerdo de unidad entre tres organizaciones de izquierda revolucionaria (FPL, RN y PCS), que dio origen a la Coordinadora Político-Militar, CPM y sobre esa base se pasó a la creación de la Coordinara Revolucionaria de Masas, CRM, integrada por todas las organizaciones de masas de la izquierda, que se dio a conocer públicamente el 11 de enero de 1980, la que convocó a la grandiosa manifestación del 22 de enero de ese mismo año.

Así, en la cresta de la ola revolucionaria se inició a pasos
acelerados el proceso de unidad de la izquierda, con una importante contribución del PC. Esos primeros pasos unitarios le dieron un poderoso impulso a la energía revolucionaria que se había venido acumulando a lo largo de la década anterior y por tanto al proceso de lucha por la revolución. A aquellos primeros pasos le siguieron otros a lo largo de 1980, jalonados por la vertiginosidad de los acontecimientos, que culminaron el 10 de octubre de ese año con la fundación del FMLN.

Aunque en abril de ese año la izquierda dio a conocer a la nación a nombre del Frente Democrático Revolucionario, FDR, la plataforma del Gobierno Democrático Revolucionario, que en esencia era un planteamiento de poder adecuado al momento histórico que se estaba viviendo de maduración de la situación revolucionaria, es necesario subrayar que los pasos dados en el proceso de avance de la unidad no siempre respondieron a una orientación de poder, a pesar de que la posibilidad real de su solución estuvo presente desde finales de 1979 hasta mediados de 1980. En la no solución, favorable a la
revolución, al problema del poder jugó un papel preponderante la debilidad de la unidad de las organizaciones revolucionarias y las diferencias de concepción existentes su interior.

La creación de las Fuerzas Armadas de Liberación FAL.

A partir del pleno del Comité Central de abril de 1977 y más concretamente, en 1978 el PCS se encaminó a desarrollar los preparativos para concretizar su incorporación a la lucha armada, emprendiendo la capacitación militar, tanto en el interior como en el exterior del país de muchos miembros del partido e impulsando diversas actividades de autodefensa armada y de otros tipos.

Con la reafirmación de la incorporación a la lucha armada emanada del VII Congreso los preparativos se aceleraron. En este sentido se acordó el envío de un contingente de compañeros a hacer su experiencia combativa en Nicaragua, en momentos en los cuales el Frente Sandinista de Liberación Nacional preparaba las acciones definitivas en contra de la dictadura de Somoza.

En este mismo proceso se fueron construyendo las primeras unidades armadas urbanas y rurales organizándose su armamentización y cualificación en el enfrentamiento con el enemigo.

El viraje del PC a la lucha armada quedó consumado plenamente, cuando el 24 de marzo de 1980, el mismo día del asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, se anunció la fundación de las Fuerzas Armadas de Liberación FAL.

En esas condiciones el Partido procedió a readecuar su pensamiento, sus estructuras y organismos para responder a las exigencias de la situación de guerra en la que habíamos entrado. Junto con la decisión de crear las FAL, también integró su correspondiente Estado Mayor, sustituyendo a la Comisión Militar que formalmente existía desde los años sesenta pero que de hecho no llegó a funcionar; se procedió resolver el financiamiento necesario para asegurar la readecuación y se fusionó en un solo cuerpo al partido y a la Juventud Comunista, dejando a ésta en suspenso y colocando ambas bajo una sola dirección.

II EL PARTIDO Y LA GUERRA REVOLUCIONARIA

La Ofensiva de enero de 1981.

La contraofensiva lanzada por la dictadura, con la cobertura política del Partido Demócrata Cristiano, contra el movimiento popular y las fuerzas revolucionarias, basada en el terror más sanguinario y reformas estructurales, con el propósito de bloquear la revolución, precipitó la transición hacia el despliegue de la guerra revolucionaria propiamente tal, que estalló en enero de 1981 con la llamada ofensiva final lanzada por el FMLN.
Aunque el poderoso movimiento popular de las ciudades deprimió, no solo por la brutal represión desatada en su contra por la dictadura, sino también por cansancio, por desinserción en que quedaron miles de personas al lanzarse una y otra vez a la pelea sin que llegara la victoria revolucionaria a definir el problema del poder.

La decisión del FMLN de lanzar la ofensiva final fue un
acierto puesto que con ella se le dio continuidad al esfuerzo revolucionario, no hubo derrota de la revolución, transformó gran parte de la avalancha social de los años anteriores en ejército revolucionario. El escenario de la revolución se trasladó al campo, sin que la guerra adquiriera carácter agrario ni campesino, a pesar de la gran cantidad de campesinos que se incorporaron a la guerra, se le cerró a la dictadura la posibilidad de darle salida a la larga crisis estructural y bloquear la situación revolucionaria.

Concepción de la lucha armada del PCS.

El VII Congreso adoptó la lucha armada como vía de la revolución en base a un enfoque insurreccional. La tesis suscrita en el VII Congreso decía: “la vía más probable de la revolución en nuestro país será la conquista del poder por medio de la lucha armada. . .“ y agregaba “ nuestro partido considera que la insurrección armada popular ha de ser la forma principal de la vía armada de la revolución en nuestro país”.

Se planteó que todas las demás formas de la lucha armada, lo mismo que la multiforme acción no armada de las masas
trabajadoras, debían combinarse y coordinarse con la insurrección.

Aunque fue un acierto del Congreso prever la maduración de la situación revolucionaria, cuyo estallido se dio hacia finales de 1979 y principios de 1980, el Partido no logró captar correctamente las señales de la vida que indicaban que nos encontrábamos en tránsito hacia la guerra propiamente tal, es decir al inicio de la etapa de equilibrio estratégico de la fuerzas.

Es cierto que la insurrección es expresión de violencia revolucionaria, pero el hecho es que el Congreso no alcanzó a percibir el fenómeno de la guerra revolucionaria, como distinto al de la guerra civil. El Congreso minimizó la guerra y la concibió sólo después de haber tomado el poder para defenderlo.

Esto es lo que explica el hecho de que las FAL nacieron con la guerra, como respuesta a las exigencias de la guerra y no solamente a las de la insurrección. La vida estaba indicando que la lucha armada se había impuesto como la forma de lucha principal.

Pese a ello, el enfoque insurreccional siguió presente, no solo en el pensamiento del Partido sino en todo el FMLN por unos años más. El lanzamiento de la ofensiva del 10 de enero de 1981 estuvo dominada por la idea estratégica de desatar la insurrección, para obtener una victoria fulminante y rápida, mediante las acciones armadas debido a que se creía que una guerra revolucionaria larga en el país no era viable.

En marzo de 1982 cuando emprendimos otro gran esfuerzo estratégico, alrededor de las elecciones, lo hicimos con el mismo diseño estratégico de desatar la insurrección a partir de la ofensiva militar. Cuando no vino la insurrección, ni hubo victoria ni derrota de la revolución, se dio un largo debate en el Partido y en la Comandancia General del FMLN que concluyó en que habíamos entrado a la etapa del equilibrio estratégico de la guerra propiamente tal, y que por tanto había que elaborar la estrategia y los planes correspondientes, todo lo cual cristalizó con la adopción de la orientación de “resistir, desarrollarnos y avanzar”.

Durante el período de vigencia de esa orientación estratégica, de enero de 1981 a junio de 1982, el Partido tuvo que resolver en lo fundamental y sobre la marcha limitaciones que en cierto modo lo colocaban en desventaja en relación a las otras organizaciones revolucionarias, como la falta de experiencia combativa, la psicología de la vida urbana de la mayoría de cuadros y combatientes, el bajo nivel de dotación de armas, la inestabilidad de los asentamientos de nuestros agrupamientos guerrilleros, la organización de la red de abastecimientos logísticos.

Conducción y funcionamiento del partido.

La necesaria estructuración del partido en tres agrupamientos obligó al CC a dispersarse y organizarse en núcleos de conducción conforme a las necesidades para asegurar la conducción del partido globalmente.

Hubo que tomar medidas para integrar y cohesionar el funcionamiento de esos tres agrupamientos bajo una sola cabeza y en función de la guerra. Para ello hubo que superar los problemas surgidos en los primeros momentos de la guerra.

En el curso de ese mismo período, el Partido tuvo que afrontar problemas surgidos en la guerra: el aparecimiento de rasgos militaristas, la subestimación del trabajo político, la confusa relación entre Partido y ejército guerrillero, el localismo, la sustitución de los jefes naturales por cuadros preparados en el exterior en tácticas de la guerra regular, el conservadurismo en el comportamiento combativo, la ausencia de planes para darle continuidad al combate, la cuestión de la unidad en las condiciones de la guerra, la cual atravesaba su momento mas critico, que se mantuvo solo sobre la base de la voluntad de no romperla y sin que funcionara la conducción estratégica, es decir la Comandancia General.

La decisión de que cuadros militares viajaran al exterior y que cuadros del trabajo internacional viajaran a los frentes contribuyó a la comprensión de la importancia mutua del trabajo que cada área de lucha tenía.

La necesaria superación de aquellas limitaciones sin las cuales no hubiera sido posible adecuar al Partido a las
condiciones de la guerra, significó la pérdida de varios cuadros de dirección, jefes militares.

Por supuesto que la mayoría de esos problemas eran comunes a todas las organizaciones del FMLN y no solo al PCS. Fue hasta después de la campaña militar de marzo de 1982, que se abordaron a profundidad esa gama de problemas. El balance objetivo de esa campaña le permitió al FMLN percibir que las elecciones le habían traído más inestabilidad política a la dictadura y que no estaba en condiciones de darle continuidad a sus planes militares, que la experiencia le había traído al FMLN grandes avances militares, que lo colocaban en condiciones de pasar a una fase superior de la guerra, cuyo alargamiento objetivo, a causa del decidido involucramiento de los norteamericanos a favor del ejército, empezó a ser asimilado en el pensamiento del FMLN.

La orientación de “resistir, desarrollarnos y avanzar”, que desde enero de 1981 venia aplicando cada organización del FMLN por separado, sin coordinación estratégica, cada quien librando su “propia” guerra, había dado sus frutos. De la defensa de nuestros territorios y nuestra fuerzas, que eran a la vez bases de asentamiento de las fuerzas guerrilleras, zonas de control, bases de apoyo y teatros de operaciones, habíamos pasado a diferenciar claramente los Frentes de guerra, los teatros de operaciones y las bases guerrilleras.

Es decir, de la “resistencia” a los grandes operativos del ejército, a fin de preservar las fuerzas y los territorios recién conquistados, habíamos pasado a su desarrollo y estábamos en condiciones de plantearnos avanzar hacia una fase superior de la guerra, en busca del rompimiento del equilibrio de fuerzas.

Había que realizar,, un, reacomodo, la guerra era un fenómeno integral político, militar, económico, social y diplomático internacional, el Partido dirigía de manera total, absoluta y directamente a las FAL. Por la guerra el Partido se encontraba estructurado en tres agrupamientos, el de los Frentes, el de las Ciudades y el del Exterior, cada cual cumpliendo misiones complementarias y con sus propias especificidades, se establecieron los principios fundamentales de conducción de la guerra; se trazaron criterios para la construcción del Partido en las FAL; se trazaron las orientaciones para la realización del viraje táctico basado en la concentración de fuerzas.

La militancia del partido y la guerra revolucionaria.

A lo largo de la guerra popular revolucionaria, el papel de la militancia del partido fue muy destacado y en general supo ponerse a la altura de las necesidades que la lucha le demandó en los diferentes momentos de la misma.

Teniendo como eje central la lucha armada, todos los agrupamientos partidarios hicieron esfuerzos por cumplir las tareas asignadas en sus respectivas áreas de lucha, desafiando la represión y el terror implantado por la dictadura.

Sin embargo hubo, en momentos de transición, de una forma de lucha a otra o de la implementación de cambios de modalidades tácticas, compañeros de diferentes niveles de la estructura del partido que no lograron asimilarlos, quedándose afuera de la organización, temporal o definitivamente.

En un esfuerzo por responder a los desafíos de la lucha, el Comité Central realizó cambios en su composición orgánica incorporando a éste a aquellos compañeros más destacados en el trabajo revolucionario y separando a los que, producto del desgaste político y moral impuesto por la guerra ya no estaban a la altura de sus responsabilidades o habían ahuecado por otras circunstancias.

Así, en 1982 se cooptó a varios cuadros principalmente del área militar, medida ésta que vino a darle mayor eficiencia a la conducción del Partido.

Otros cambios en el Comité Central se realizaron en el cuarto pleno efectuado en Morazán en 1984. En 1986, se realizó un proceso de autoevaluación de toda la dirección del partido, introduciéndose modificaciones sustanciales en el Comité Central y en la Comisión Política.

Finalmente se efectuó una ampliación del CC en 1990, que culminó con la incorporación plena de varios compañeros en 1992.

La etapa del equilibrio militar estratégico.

Aunque en el FMLN no se disponía de una concepción unificada y plenamente desarrollada de la guerra, a partir de junio de 1982, con el aniquilamiento de una unidad del Batallón Ramón Belloso, recién llegado de Estados Unidos, en El Moscardón, Morazán, por fuerzas del ERP, el FMLN emprendió aquel gran esfuerzo estratégico que lo llevó a tomar la iniciativa y mantenerla hasta principios de 1984.

Desde entonces hasta finales de 1983, la característica principal es que el FMLN tomó la iniciativa en el terreno militar, comenzando con el desalojo de pequeñas posiciones fijas del enemigo en la parte norte del país, hasta culminar con el asalto y ataque a posiciones estratégicas, como el asalto al cuartel de la Cuarta Brigada en el Paraíso, Chalatenango y el ataque al puente Cuscatlan sobre el Río Lempa.

Los norteamericanos aceleraban sus esfuerzos para que el ejército asimilara y asumiera la estrategia y tácticas de la guerra contrainsurgente de baja intensidad. Con ese propósito el ejército lanzó la campaña en contra de las fuerzas del FMLN acampadas en la zona para-central, llamada “Bienestar para San Vicente”, buscando desalojarlas de esa zona, aislarlas en la parte norte del país y buscar así una victoria militar sobre ellas.

En este marco se realizó la primera reunión de la Comandancia General en Morazán a fines de 1983 como un esfuerzo de asumir el mando de toda la guerra desde el frente.

Esa idea estratégica de los norteamericanos fue derrotada y el ejército fue llevado a una situación de colapso, que no llegó a producirse debido en lo fundamental al respaldo norteamericano. Este respaldo aparecía muy claramente como el factor determinante del alargamiento de la guerra y se reafirmó con la victoria electoral del Presidente Reagan para un segundo mandato.

Hay que señalar que en ese momento estuvimos cerca de definir el problema del poder por vía predominantemente militar. El otro momento correspondió a la Ofensiva de noviembre de 1989. A este momento correspondió el segundo planteamiento programático de poder, formulado por el FMLN y el FDR al país en febrero de 1984, bajo la forma de propuesta de Gobierno de Amplia Participación, GAP, más flexible en cuanto a la manera de enfocar el problema del poder.

El FMLN había logrado quebrar del todo el viejo esquema defensivo de la Fuerza Armada, diseñado en función de la protección de territorios y de los intereses económicos de la oligarquía. En cierto modo esa situación aflictiva a la que fue arrastrado el ejército, le permitió a los norteamericanos, que se encontraban peleando en ese momento por meterles en la cabeza a los militares el esquema de contrainsurgencia, imponer su estrategia de “baja intensidad” y tomar totalmente en sus manos la conducción de la guerra.

En diciembre de 1983 se produjo el cambio de jefatura en el ejército, acorde con la estrategia de la GBI. Mientras los norteamericanos consumaban el viraje de la Fuerza Armada hacia la GBI, el FMLN seguía sin modificar su táctica de la concentración, creyendo que las grandes unidades militares nos iban a dar la victoria.

Los norteamericanos completaron su viraje con el triunfo electoral de José Napoleón Duarte, en 1984, que estaba supuesto a darle la cobertura política y el financiamiento a la GBI y asegurar la victoria sobre el FMLN. La verdad era que sus nuevos esquemas surgían de fracasos. Estratégicamente su ataque era defensa.

La nueva situación llevó al Comité Central a realizar su Cuarto Pleno, en marzo-abril de 1984, para abordar la problemática relacionada con el nuevo viraje. Se paso revista a la concepción integral de la GPR, se realizó el necesario balance de aciertos y deficiencias del período anterior, se resolvió organizar a las FAL en estructuras jerarquizadas y se otorgaron grados militares, se reafirmo continuar con la táctica de la concentración, a pesar de que la vida exigía una readecuación hacia la irregularización de las tácticas.

El Comité Central fue reforzado con cuadros nuevos forjados en la guerra y se repusieron aquellos miembros suyos caídos en combate o por la represión, se trazaron orientaciones para el trabajo de los tres agrupamientos del Partido de conformidad con sus características propias y se definieron los respectivos núcleos del CC para la conducción correspondiente, se afianzó el principio de que el Partido conduce a su fuerza armada, se desplazaron cuadros del Frente de guerra al Frente de masas a trabajar en acelerar el nuevo flujo iniciado hacia finales de 1983.

En suma, el Partido volvía a sufrir un nuevo reajuste de sus estructuras, en su pensamiento, su línea y en su estrategia y táctica para enfrentar los nuevos desafíos.

Habíamos agotado otra fase de la guerra revolucionaria y sin embargo ésta no se oficializaba o formalizaba del todo en el FMLN, sino hasta en el segundo semestre de 1984 y consolidada como vía hasta mayo de 1985, cuando la CG, en su segunda y tercera reuniones en el frente, elaboró la apreciación estratégica del período, definió la estrategia y las distintas líneas a seguir, rescatando así el carácter integral de la guerra, superando el enfoque puramente militar al que de hecho se había reducido durante largo período.

Las reuniones de la CG de mayo-junio de 1985 unificaron el pensamiento, respecto a la concepción de la guerra y resto de aspectos fundamentales de la revolución, como la estrategia, la política de dialogo y negociación y de líneas políticas en general, incluyendo la línea de desarrollo de la unidad con vistas a la formación del partido unificado de la revolución, y trajo la necesaria estabilidad de la conducción estratégica y sus equipos de apoyo.

Es importante consignar que fue hasta 1985 en que se asumió la concepción de guerra revolucionaria en su sentido integral. Problemas surgidos antes de 1985, como, por ejemplo, el brote de militarismo que surgió en todo el FMLN, tenía que ver con que no se había asimilado correctamente el carácter integral y sobre todo popular de la guerra, pues se reducía sólo a su aspecto militar.

Pese a todo lo positivo y los logros estratégicos que nos proporcionó la táctica de la concentración, la regularización de la guerra a la que ello nos condujo, precisamente cuando el enemigo estaba irregularizando la suya, nos hizo cometer atropellos con el pueblo, cortamos el cordón umbilical con el pueblo y nos llevo durante algunos meses a los reclutamientos forzosos, para reponer a lo sumo las bajas, pues no podíamos aspirar al crecimiento constante que esa tendencia nos imponía, pues habíamos roto con la fuente del crecimiento, es decir la relación profunda con el pueblo.

Los acuerdos de mayo-junio de 1985, rectificaron las desviaciones, corrigieron errores y reencarrilaron la lucha, dándole el carácter integral. Había que dar un nuevo viraje, volver a la lucha guerrillera propiamente, transformar a cada combatiente en un cuadro político-militar.
Esa reunión de la Comandancia General exigió del Partido un ajuste interno a fin de colocarlo en condiciones de responder con aportes concretos en todos los terrenos de la nueva estrategia, de la unidad misma, que el alargamiento de la guerra nos planteaba. Con este propósito el Comité Central se avocó a realizar autocríticamente una evaluación a fondo de la conducta de sus distintos núcleos, con vistas a cerrarle paso a los signos de descomposición vinculados a la ‘psicología de la guerra”, que empezaban a debilitar las filas del Partido. Solo después de esa autoevaluación, uno de cuyos resultados fue el cambio de composición de la Comisión Política y del propio Comité Central, los tres agrupamientos del Partido entraron a un período de “rectificación”, de cara a poner al Partido a tono con las exigencias del período.

III ACIERTOS Y DIFICULTADES EN LA CONCENTRACION Y DESCONCENTRACION DE NUESTRAS FUERZAS MILITARES

La idea de concentración.

La táctica de la concentración estaba fundamentada en la idea de que habíamos logrado un nivel de dispersión en el enemigo, lo que nos daba la oportunidad de concentrar nuestras mejores fuerzas y armas y conseguir una correlación favorable para descargar golpes contundentes que nos permitieran ampliar y profundizar las zonas de retaguardia.

Nuestra concentración la iniciamos en la zona de Guazapa en Octubre de 1982 con fuerzas de Jucuarán, San Vicente y Guazapa. Formamos así el Batallón Rafael Aguiñada Carranza (BRAC) y unidades de tropas especiales, con las cuales comenzamos a operar, en conjunto con otras organizaciones del FMLN, en teatros de operación al Norte y Sur de Guazapa y en el propio Cerro.

Podemos decir que 1983 fue el año de consolidación y desarrollo de las FAL, proporcionando una importante contribución a la GPR junto al resto de organizaciones del FMLN, de cuya experiencia aprendimos. Tomamos la iniciativa durante todo ese período de la guerra a pesar de los golpes recibidos, como el desbaratamiento de nuestras redes de logística y de personal que sufrimos en ese año.

Las concentraciones de fuerzas nos habían producido resultados estratégicos positivos, pero también nos producían un desgaste acumulativo que no podíamos compensar y, por tanto, estratégicamente negativo a mediano plazo. Nuestras concentraciones le ofrecían al enemigo blancos relativamente fáciles de golpear, en particular para sus fuerzas y medios aéreos recién adquiridos por las FAES, con el propósito de revertir la correlación estratégica lograda por el FMLN hasta ese momento.

El FMLN en su conjunto, y cada organización en particular, se vio en la necesidad de abordar esta nueva problemática. En el Cuarto Pleno del Comité Central de nuestro Partido, realizado en abril de 1984, se aprobó la línea de “reclutamiento patriótico” como vía para reponer aquel desgaste. Sin embargo, la vida demostró la profunda debilidad política y error de esta línea, que no sólo no resolvía de manera permanente el problema planteado sino lo agravaba. Su rectificación era, por tanto, necesaria, la cual vino en junio de ese mismo año, cuando la CG del FMLN decidió el viraje de la concentración de fuerzas a la desconcentración.

La desconcentración.

Pasar a la desconcentración de fuerzas tenía como propósito: romper el nuevo esquema estratégico militar del enemigo basado ya en la guerra de baja intensidad, extender nuestra presencia militar en nuevos teatros de operaciones, reabrir el crecimiento político y natural de nuestras fuerzas basado en la voluntaria y consecuente incorporación de las bases populares, presionar la dispersión estratégica de las fuerzas enemigas en particular de sus tropas operacionales y así, facilitar su desgaste a profundidad.

Esta orientación provocó no pocos problemas en nuestros cuadros militares y combatientes en general. Los combatientes, acostumbrados a combatir junto a grandes unidades guerrilleras y sin tener conocimiento de la táctica de combate en pequeñas unidades, ni la preparación técnica, fueron sometidos a una enorme presión de parte del enemigo, provocándoles desgaste físico y moral. En este momento el enemigo empezó a aplicar la guerra de inteligencia y nuestras unidades, fuera de sus teatros, de su retaguardia, debilitadas física y moralmente, fueron presa de las unidades y redes de inteligencia enemigas, creadas en la periferia de la retaguardia y en las mismas zonas de expansión de nuestras fuerzas, en particular de las que fueron trasladadas hacia las zonas de San Vicente, donde el enemigo pudo desarrollar con más eficacia esa línea.

En otro Frente, Jucuarán, nuestras fuerzas estaban acostumbradas a combatir en pequeñas unidades y el viraje se realizó sin muchas dificultades. En Chalatenango, la propia naturaleza de las fuerzas en instrucción facilitó el manejo de la nueva táctica. En cuanto a Guazapa, donde se encontraba la mayor parte de nuestras fuerzas, el viraje fue más lento pues se necesitó la implementación de varios pasos preparatorios para la aplicación de la nueva táctica. Tuvimos que hacer escuela para el uso del explosivo en la preparación de las fuerzas nuevas, todo esto en base a un plan estratégico para el frente, en el que se establecían los objetivos y las direcciones principales de acción, expansión y avance del mismo.

Determinamos como nuestra dirección principal la Zona Especial y definimos esta zona como el área metropolitana, más los municipios de Nejapa, Aguilares, Tonacatepeque, Santa Tecla, Colón.

Los resultados de ese viraje.

a) Mejoramiento de nuestra capacidad combativa: Eficacia de la misma y cualificación de nuestras fuerzas.
b) Consolidación de nuestra retaguardia.
c) Ampliación de los teatros de operación.
d) Contacto permanente con la población.
e) Desgaste a profundidad de la columna vertebral del dispositivo enemigo.
f) Creatividad en la elaboración y uso múltiple del armamento popular.
g) Pequeñas unidades móviles y altamente operativas golpeando certeramente a las unidades especiales del enemigo.

El gran esfuerzo realizado rindió sus frutos, cada combatiente ganó confianza. El sur de Guazapa se convirtió a finales de 1985 en un lugar temido por todas las fuerzas enemigas, continuó siendo una flecha clavada en el corazón del enemigo.

El esfuerzo por realizar este viraje permitió en septiembre de 1985, y como respuesta a golpes recibidos con captura de compañeros de la dirección (Hugo, Octavio y otros), realizar la complicada operación de rescate de más de 30 cuadros del FMLN, prisioneros en las cárceles de la dictadura, la de lisiados de guerra a curarse en países amigos a cambio de la hija del Presidente, Inés Duarte.

En esta operación realizamos una armoniosa cooperación de fuerzas de la ciudad de la periferia de San Salvador, comandos urbanos, de la milicia, de las tropas especiales y de las columnas guerrilleras de Guazapa y experimentamos las más complejas negociaciones que contaron con la
cooperación de diplomáticos y de la Iglesia.

Así se inició el complicado viraje hacia la táctica de las pequeñas unidades, a la táctica de combinar con acierto la desconcentración y la concentración, como línea principal para quebrar la columna vertebral de la estrategia militar de la GBI, de las llamadas “tropas sin cuartel”, integradas por Batallones de Infantería de Reacción Inmediata, BIRI, y las tropas regionales.

El enemigo requería un nuevo plan, nosotros derrotarlo.
Como suele ocurrir, entre el agotamiento del anterior período y la entrada a este período de la guerra, se abre una fase de transición, de reajustes y reacomodos, es decir de viraje a la nueva situación.

Este período se agotó, en lo fundamental, hacia finales de 1985, cuando el enemigo ya no podía aspirar a tomar la iniciativa con el plan de contrainsurgencia, cuyos objetivos estratégicos en lo político, en lo social y lo militar habían fracasado, y surgió entre el gobierno de Duarte, los militares y los norteamericanos, la discusión acerca de la necesidad de una nueva estrategia y un nuevo plan. Todo esto en medio de una profunda división en las Fuerzas Armadas, entre los sectores que estaban a favor de la guerra total y los que estaban con la estrategia de Guerra de Baja Intensidad diseñada por los norteamericanos.

El estancamiento del diálogo entre el gobierno y el FMLN-FDR, el aparecimiento de eventos políticos de promoción de un diálogo nacional de cara a la solución negociada a la guerra, en los que invariablemente se tomaba en cuenta al FMLN, algunos de ellos propiciados por partidos políticos de oposición; la sucesión de acciones huelguísticas, en particular de los trabajadores estatales; las controversias entre la Administración Reagan y José Napoleón Duarte en torno al caso de la hija de aquel, Inés Duarte, y el distanciamiento que este mismo caso produjo entre Duarte y el Alto Mando e importantes agrupamientos de la oficialidad (como el grupo encabezado por el Coronel Ochoa Pérez en Chalatenango), que exigía la desobediencia al gobierno de Duarte por priorizar asuntos personales en contraposición con los estatales, según sus propias declaraciones; constituyen sólo algunos hechos políticos y sociales ocurridos durante 1985 que indicaban claramente el agotamiento del Plan contrainsurgente.

En su apreciación estratégica de junio de 1984 la Comandancia General había sacado la conclusión que desde finales de 1983 el movimiento de masas había entrado en nuevo flujo y que, por tanto, el país marchaba hacia un nuevo momento de crisis nacional. Conforme con esta apreciación, se tomó la decisión de desplazar cuadros de los frentes de guerra hacia la ciudad a trabajar en el movimiento de masas, a fin de acelerar ese ascenso del movimiento social, esfuerzo que culminó con la creación, en febrero de 1986, de la Unidad Nacional de los Trabajadores Salvadoreños, UNTS.

El lanzamiento de la Operación Fénix, componente militar del UPR, el 9 de enero de 1986, sobre posiciones del FMLN en Guazapa, como esfuerzo principal, y acompañado de esfuerzos secundarios sobre posiciones guerrilleras en Chalatenango y Morazán, buscaba interferir el ascenso del movimiento social, aislando la conducción del FMLN en Guazapa, de la conducción establecida en la capital. El papel desempeñado principalmente por las FAL en la frustración de este cálculo del enemigo, fue de especial importancia para dar continuidad a la conducción de la lucha del movimiento social.

Durante ese mismo período mantuvimos esfuerzos en Jucuarán por desarrollar las fuerzas y defender la retaguardia, también asediada desde adentro por el enemigo. Paso a paso logramos reducir la agresividad de la fuerza enemiga hasta inmovilizarla y luego pasamos al ataque de sus abastecimientos y relevos, hasta que logramos derrotar totalmente su plan. Pese a ello y al desarrollo del trabajo de expansión no se desarrollaba suficientemente la fuerza militar.

En Occidente, desde finales del 84, en el marco de la desconcentración de fuerzas y por compromisos con la Unidad, por tercera vez intentamos desarrollar un esfuerzo político-militar, aferrándonos al terreno y estableciendo relación con el Partido en la ciudad. En su momento nuestro esfuerzo, junto con a otras fuerzas del FMLN, contribuyó a que la guerra se extendiera a los 14 departamentos del país, acosando la principal retaguardia política, económica y humana de las FAES, fijando a importantes fuerzas enemigas al terreno, a través de acciones guerrilleras de desgaste, sabotaje y propaganda armada. Nuestros esfuerzos que dieron importantes frutos militares iniciales pronto enfrentaron la represión en las ciudad y el campo al punto de debilitarnos. A ello se sumaron las dificultades para mantener un flujo logístico sostenido que se correspondiera con las posibilidades de crecimiento en esta zona. Esto coincidió con un replanteamiento de estrategias que priorizaba los esfuerzos en la zona especial.

A principios del 88 se tomó la decisión de trasladar la unidad hacia Guazapa.

IV- LA DERROTA DE LA OPERACION FENIX EN GUAZAPA

La experiencia combativa adquirida en 1985 ayudó a enfrentar con éxito la operación Fénix que duró 18 meses sobre nuestras posiciones y que nos exigió gran concentración de esfuerzos para luchar contra el enemigo dentro de nuestra retaguardia.

Aún con el Fénix en marcha, Guazapa siguió siendo la retaguardia de la lucha urbana. En Guazapa y su periferia se asentó la conducción para la reactivación del movimiento de masas, mientras en el frente se libraba una dura batalla por defender y preservar la fuerza y los territorios al costo de un enorme desgaste humano.

El retorno a Guazapa de las fuerzas especiales que se habían trasladado a Chalatenango contribuyó a la derrota de la Operación Fénix, la cual se produjo en tres fases. Primera fase de un gran desgaste ocasionado por los continuos enfrentamientos, la segunda de neutralización y de la inmovilidad de las tropas enemigas, debido al uso masivo de los campos minados, y la tercera de ataque, de aniquilamiento de efectivos en las posiciones que habían logrado asentarse en nuestra retaguardia.

Durante la operación Fénix nuestro asentamiento en Chalatenango cumplió un papel clave como retaguardia, como fuente de incorporación de nuevos combatientes y como escuela de preparación militar. En los momentos más difíciles del operativo, nuestras estructuras más pesadas pudieron trasladarse hacia ese frente.

Cambios operados por el mando en nuestras estructuras logísticas, tanto en personal como en métodos operativos, se traducen en una mayor correspondencia entre la necesidad de material logístico y el esfuerzo de la estructura, la cual dio una importante cuota a la derrota del Fénix.

Los militares le encaraban a los empresarios su no involucramiento en la guerra, que la guerra no se ganaba porque no contaba con una retaguardia económica sólida que le diera estabilidad al país, tal como ocurría en Guatemala donde la empresa privada le proporcionaba a la guerra esa retaguardia económica sólida y profunda, sin necesidad de acudir al apoyo extranjero.

A los políticos les encaraban haber fallado en la tarea de formar un frente empresarial y laboral en apoyo de la guerra contrainsurgente. Hasta a los diplomáticos los presionaron formar un frente internacional con el mismo propósito. Y ellos -el Alto Mando-, conduciendo todo ese gran esfuerzo.

Esa decisión de los militares fue desde su concepción un grave error, que terminaría en fracaso, debido a que los militares se arrogaban funciones que les correspondían a los políticos y al Estado como tal. Dicho de otra manera, el vacío de conducción estratégica, producido por el agotamiento del anterior plan contrainsurgente, en lugar de llenarlo, como eran sus intenciones, los militares lo profundizaron.

Era esa una decisión que revelaba que el plan encabezado por José Napoleón hacia finales de 1986 se había agotado.

La previsión hecha por la Comandancia General en mayo-junio de 1985, de que marchábamos hacia una nueva crisis nacional y hacia la etapa final de la guerra se estaba confirmando. Tarea de la estrategia era acelerar la maduración de ambos procesos, hacerlos coincidir en el tiempo e integrarlos en función de resolver el problema del poder.

En estas condiciones, el FMLN y el FDR hicieron pública una nueva plataforma programática que se conoció como Iniciativa Política de los Seis Puntos, cuya esencia era actualizar y flexibilizar la forma de enfocar el Programa de la revolución.

Los éxitos estratégicos resultantes del viraje acordado en
1985 afianzaron el proceso unitario y crearon condiciones para pasar a preparar en todos los terrenos lo que llamamos la Contraofensiva Estratégica, COE.

V- PREPARACION DE LA CONTRAOFENSIVA ESTRATEGICA

En 1987, se organizó la conducción de la zona especial abarcando los territorios comprendidos por la zona metropolitana, su periferia y Guazapa, en un intento por cohesionar, centralizar y aprovechar al máximo nuestros recursos.

Derrotada la operación Fénix, Guazapa recobra en 1988 su papel de eje y motor de nuestro desarrollo. Se pasó a un esfuerzo de instrucción de una nueva generación de milicia urbana aprovechando al máximo nuestro potencial acumulado.

De la Metro, la periferia y Chalatenango se trasladaron nuevos contingentes de combatientes. Así, la concentración de Guazapa creció y se desarrolló. Los frutos del esfuerzo logístico permitieron hacer uso de nuevas armas combinando la tecnología y el armamento popular, a la vez que multiplicarnos el uso de los campos minados, con el cual le ocasionamos al enemigo un tremendo desgaste.

Otra modalidad operativa fue puesta en marcha y consistía en realizar incursiones hacia la profundidad de nuestra zonas y en hacer uso más intensivo de la aviación y la artillería. Sin embargo, esta táctica nos permitió aumentar el desgaste de la fuerza enemiga, pues cada incursión que hacían ellos era aprovechada por nuestras fuerzas para ensayar nuevas armas, nuevas tácticas y foguear a la fuerza nueva.

La estabilidad alcanzada en Guazapa hizo posible nuestro apoyo activo a la realización de una sucesión de operaciones importantes y estratégicas; en la capital contra posiciones enemigas: Guardia Nacional, Estado Mayor, Fuerza Aérea, Cuartel de Artillería en Opico, Cuartel de la Policía de Hacienda, Cuartel del Batallón Belloso y la ejecución de centenares de operaciones de propaganda armada y emboscadas en todas las vías de acceso a la capital y su periferia. Cada una requería de altos niveles de incorporación de base social, de organización en el momento de su ejecución.

Ese período abarcó 1987 y parte de 1988, hasta después de las elecciones para diputados y alcaldes en marzo de 1988, que fueron ganadas por ARENA.
El triunfo electoral de ARENA significaba el fracaso del esquema de guerra de baja intensidad y puso más en claro la necesidad de acelerar los preparativos para el desenlace de la guerra. Pese al abismo ideológico entre FMLN y ARENA, se puso de manifiesto que el desenlace, en el caso de que éste fuese negociado, se haría con el gobierno de ARENA. Había que comprenderlo y prepararlo.

Con el ataque a la central hidroeléctrica Cinco de Noviembre en septiembre de 1988 por parte de las FPL, seguido de ataques de las FAL al cuartel central de la Guardia Nacional, al del Estado Mayor y la Fuerza Aérea y el aparecimiento de la guerra urbana como proceso continuo, entramos de lleno a ese período en todo el Frente Central Modesto Ramírez.

El esfuerzo político opositor y las elecciones.

Mientras tanto, se aproximaban las elecciones presidenciales de marzo de 1989 y de nuevo se le presentaba al FMLN el reto político de definir posición frente a ellas. Al analizar la conducta política del FMLN a lo largo de la guerra era evidente que la lucha política, propiamente tal, estuvo ausente a pesar de las distintas iniciativas de paz presentadas, y resultaba igualmente evidente que gran parte de los errores más graves se habían cometido a la hora de fijar posición sobre las elecciones.

Esos fueron los momentos en que más confrontados y aislados estuvimos del resto de fuerzas políticas. Esos momentos fueron mejor aprovechados políticamente por el enemigo en contra nuestra.

Los partidos del FDR, el MPSC y el MNR, tomaron la decisión de reactivar con su presencia el esfuerzo político opositor a fines de 1987. Las organizaciones del movimiento social salieron a su encuentro comprendiendo que se iniciaba una nueva etapa política.

El Partido Social Demócrata y los dos anteriores construyeron una alianza político-electoral que priorizaba el apoyo a la solución negociada del conflicto, así surgió la Convergencia Democrática.

El PCS, en ese marco, propició las interiorización del MIPTES (Movimiento de Profesionales y Técnicos) y del UDN en 1988, destacando a un grupo de sus miembros y logrando adhesión de otros compañeros en el interior. Ganar presencia en el debate político en beneficio de la negociación era la misión fundamental.

A esas alturas estaba claro que las elecciones habían dejado de ser fuente de estabilidad del proyecto contrainsurgente, se habían transformado en factor de su desestabilización y habían dejado de ser el instrumento principal del mismo.

En enero de 1989, el FMLN propuso transformar a las elecciones en un instrumento para la paz, postergarlas por seis meses, de marzo a septiembre de 1989, a cambio de lo cual el FMLN aceptaría sus resultados y reconocería a la FAES como única y legítima institución militar del país a condición de que se autodepurara su cuerpo de oficiales.

El rechazo de tal propuesta confirmó que el gobierno y las fuerzas de poder persistían en la guerra.

A esa fecha se remonta la conformación de la Interpartidaria y el distanciamiento entre políticos y militares. Estos últimos se vieron en la necesidad de enfrentar e incluso amenazar con golpe de estado al Gobierno si aceptaba la propuesta.

Dentro de ARENA se empezó a producir la diferenciación entre los llamados “moderados” y los que se pronunciaban por una “guerra total de rápida definición”, que cuestionaba a la GBI.

El triunfo electoral de ARENA acentuó esta diferenciación, que se veía estimulada por la sucesión de operaciones militares urbanas, subregionales, regionales y nacionales, cada vez de mayor envergadura, desplegadas por el FMLN.

A principios de 1989, el enemigo inició un nuevo esfuerzo sobre Guazapa, primero con el BIRI Belloso y luego lo continuó con el BIRI Atlacatl, manteniéndolo durante 90 días, acompañado de batallones de la 1ª. Brigada de Infantería y del DM5. Esta operación fue muy parecida a la operación Fénix. La experiencia acumulada, el desarrollo de la fuerza, su elevado estado moral, y el buen apertrechamiento logístico permitió derrotar rápidamente ese nuevo esfuerzo enemigo.

Durante este año, Chalatenango se destacó por su contribución continua de nuevos combatientes, pues había un buen nivel de reclutamiento; aparte del funcionamiento satisfactorio de la escuela se había onso1idado el destacamento Capitán Ileana y los combatientes recibían instrucción a la vez que se fogueaban en el terreno.

Jucuarán pese a contar con extendida base social se mantenía en las mismas condiciones militares de no crecimiento, con el agravante que en este período se produjo la caída en combate de varios jefes, lo cual abría la posibilidad de debilitamiento de nuestro trabajo en la zona.

En 1989, en el terreno logístico, Guazapa, Chalatenango, Jucuarán y la Metro lograron establecer mecanismos para recibir directamente material logístico.

Buscando asegurar los preparativos de la ofensiva, más cuadros de dirección provenientes de los frentes y del exterior fueron destacados a la ciudad. Aquí fue con la juventud que logramos desarrollar nuevas fuerzas urbanas, las cuales comenzaron haciendo propaganda con brigadas especiales; luego, propaganda armada; y después instrucción militar, emboscadas, ataques A radio patrullas y participación en las operaciones realiza por la fuerza de Guazapa, hasta llegar a combatir junto a todas las unidades de las FAL en la ofensiva de noviembre de 1989.

Se hacían esfuerzos por orientar un sentido ofensivo a los compañeros del Partido en el movimiento popular, de articular la cooperación de distintos destacamentos y reconstruir la organización propiamente partidaria, que había sido sustituid por un concepto de fuerza. Guazapa se transformó en la retaguardia plena de la fuerza periférica y urbana, en plataforma operativa, en sitio de reuniones, en escuela de formación militar, en talleres, pues ahí fabricamos las partes más delicadas del armamento popular, se instruían a quienes los usaban, se planificaban las operaciones y se dirigía su ejecución.

Bajo este espíritu ofensivo, el partido en el exterior realizaba esfuerzos de preparación política y técnica, estimulaba el ingreso de militantes al esfuerzo militar y el retorno de combatientes que estaban en el exterior por razones de salud.

Con esta acumulación entramos a la ofensiva de noviembre de 1989.

La Ofensiva de 1989.

Durante la ofensiva asumimos cuatro compromisos en la dirección principal: Soyapango, en conjunto con RN y PRTC; en Apopa y Ciudad Delgado, solos como FAL; en San Marcos, en conjunto con FPL y RN. Además de los esfuerzos secundarios en Chalatenango, en Occidente y el acompañamiento de nuestras milicias de Jucuarán al ERP en Usulutan.

Cuando fue necesario modificar nuestro dispositivo en la dirección principal, partiendo hacia el Volcán de San Salvador para participar en las operaciones sobre la Colonia Escalón y el Estado Mayor, ya contábamos con nueva fuerza; Ciudad Delgado primero y Apopa en segundo lugar, dieron la mayor incorporación de combatientes a las nuevas unidades. El destacamento de trabajo político que aquí desplazamos jugó un excelente papel tras la línea de fuego. Fue tal la incorporación de nuevos combatientes que nos vimos precisados a conseguir más armamento para cubrir aquella integración popular.

En San Marcos pronto recibimos un revés debido entre otras causas a que las organizaciones hermanas desistieron desde el inicio de su participación en esta dirección. Fue un error de nuestra parte persistir en esas condiciones.

Nuestros militantes y combatientes cumplieron con audacia y valentía las misiones encomendadas por nuestro partido en Noviembre y Diciembre de 1989.

La presencia directa de la dirección política y militar de nuestro partido y las FAL en las propias líneas de fuego fue decisivo para dar respuesta y corregir en el terreno las distintas dificultades que se presentaban, así como para reorientar los esfuerzos propios y de la unidad.

El esfuerzo del PCS y sus Fuerzas Armadas de Liberación FAL fue enorme, 63 muertos y 90 heridos a quienes hoy rendimos un sentido y especial homenaje. A ellos, a todos los caídos, durante la Ofensiva y a las víctimas de las operaciones d castigo del enemigo.

Después del esfuerzo de la ofensiva y de retornar a nuestra bases, comenzó la ardua tarea de analizar, evaluar y explicar los resultados de la ofensiva, asimilar la fuerza nueva defender nuestra retaguardia y prepararnos para la continuidad.

Aunque esos días de Noviembre fueron los momentos en que más cerca estuvimos de resolver favorablemente el problema de poder, combinando ofensiva militar con insurrección y ofensiva política, sobre todo internacional y diplomática, la ofensiva como como tal no trajo el desenlace ni la definición de la guerra, pero al quedar derrotado del todo la estrategia de la GBI y derrotada también la idea estratégica de una guerra total de rápida definición, se abrió paso a la negociación. Tal era el objetivo alternativo de la Ofensiva y éste sí se cumplió a plenitud.

VI- EL PCS EN EL DESENLACE NEGOCIADO DE LA GUERRA

Demostrar la inviabilidad de la derrota militar; abrir la mesa y en ella la participación de las Naciones Unidas; mantener y ensanchar los espacios políticos de la oposición interna, cosechar orgánicamente la simpatía ganada en la Ofensiva, eran los requerimientos estratégicos que posteriormente a la Ofensiva orientaron las decisiones, las nuevas direcciones y esfuerzos del Partido y sus FAL en los frentes, las ciudades y el exterior.

Sobre esta base se rearticularon los mandos para las fuerzas urbanas, Guazapa, Occidente y Chalate, se estableció un grupo de miembros del Central en San Salvador, se amplió la participación de nuevos compañeros en los agrupamientos del Comité Central y se destacó al Secretario General y al compañero Logan en los esfuerzos de elaboración y de todo el proceso negociador.

En mayo, y posteriormente en noviembre de 1990, participamos en nuevas campañas militares y le dimos continuidad a nuestros esfuerzos, diezmando las fuerzas enemigas en desplazamientos y al interior de San Salvador, incursionando en dos oportunidades a la Colonia Escalón y de nuevo atacamos la Fuerza Aérea, la RASA en Acajutla, el Aeropuerto Comalapa, el Estado Mayor y continuamos en la línea de propaganda armada en las ciudades.

Un fenómeno que se destaca en este período es el desarrollo de una línea de crecimiento diferente, y fue el de incorporación temporal de combatientes provenientes de ciudad, se abre un flujo permanente de gente que sube, instruye, combate, y regresa a la ciudad.

En este período perdimos a dos valiosos compañeros de jefatura de las FAL, se trata del comandante Alex y del Capitán Isidoro, quienes le dieron una excelente contribución a la formación y desarrollo del espíritu combativo de nuestras fuerzas.

Durante el año 1991, el enemigo siguió intentando desalojarnos de Guazapa, concentró un nuevo esfuerzo estratégico, después de nuestra campaña ofensiva de febrero y marzo con el propósito de ocupar nuestra retaguardia.

La experiencia y la modalidad adquirida en los años anteriores nos permitieron evitar que el enemigo paralizara nuestra operatividad. Nuestras unidades lograron infiltrar sus dispositivos y atacar sus unidades en el Cerro, en sus desplazamientos y además logramos realizar un exitoso ataque al penal de Mariona liberando a una gran cantidad de presos políticos, operación que ha sido considerada una de las más grandes operaciones exitosas del FMLN después de 1a ofensiva de 1989.

Pasada esta operación el enemigo recrudeció sus esfuerzos sobre Guazapa y continuamos causándole gran desgaste. Así llegarnos al final de 1991, y en los albores de la firma de los Acuerdos de Paz realizamos nuestras últimas operaciones en la Colonia Las Flores, en la cual cayó en combate el compañero capitán Samuel, otro de los jefes valiosos de las FAL en Guazapa.

En lo político, los esfuerzos estaban encaminados a concertar y aumentar la presión al gobierno en cada punto requerido en la mesa, a estructurar el Partido territorialmente en varios departamentos del país y contribuir a la movilización político-social por la paz negociada. En este escenario se produce nuestra decisión de aprovechar el evento electoral de Marzo del 91 para extender nuestro trabajo político-organizativo a la mayor parte del país. Esta coyuntura nos permitió además foguear a numerosos militantes en las particularidades de la lucha electoral.

Se entró luego de lleno en el desenlace negociado de la guerra, proceso que se inició desde abril de 1990 hasta diciembre de 1991.

Uno de los méritos de mayor importancia política del FMLN fue mantener en sus manos la iniciativa de la negociación, desde el momentos mismo del despliegue de la guerra propiamente tal hasta su desenlace; fue demostrar el carácter revolucionario de esa política, en las condiciones de nuestro país. No es casual que los Acuerdos de Paz se corresponden con el programa de la revolución democrática, y se les ha reconocido internacionalmente como contenido de una revolución negociada.

VII EL PCS EN LA POST-GUERRA

El desenlace negociado de la guerra y la aplicación de los acuerdos de paz significaron una victoria política de alcances estratégicos para el FMLN y un gran paso de avance en el proceso de lucha por la Revolución Democrática.

La lucha revolucionaria, incluyendo la lucha por la aplicación consecuente de los acuerdos de paz, ha hecho posible que el país experimente profundas transformaciones democráticas como nunca antes en toda su historia republicana: acabó con el viejo modelo político de dominación de la también vieja dictadura militar; conquistó espacios y creó condiciones favorables para que las persona puedan ejercer en condiciones de libertad sus derechos ciudadanos; ha surgido una nueva institucionalidad democrática, comenzando por las reformas democráticas a la Constitución de la República, y se ha iniciado un proceso de democratización y saneamiento del sistema electoral y en general del sistema político, abriendo posibilidades reales para la expresión del pluralismo político e ideológico, en todos los órganos del poder estatal nacional y local.

En suma se han creado condiciones para la instauración, por primera vez en la historia, de un nuevo modelo político democrático y para que el pueblo empiece a ejercer sus libertades y derechos democráticos, libre de la intimidación de la dictadura.

La entrada en vigor de los Acuerdos ha significado para el Partido el reto de un nuevo viraje histórico, de gran complejidad por lo que se refiere a las formas de lucha, ahora en condiciones, de legalidad por primera vez en sus más de 60 años de existencia.(*)

(* exceptuando las pocas semanas en que tuvo vida legal después del golpe militar en diciembre de 1931 hasta los primeros días de enero de 1932 en que el Partido participó en las elecciones municipales que se transformaron en la chispa de la insurrección.)

Como en todo viraje, con la lucha por la aplicación de los acuerdos de paz, el Partido entró en período de readecuación de sus estructuras y de preparación de su membresía con vistas a las batallas principalmente políticas próximas en las que se librará la lucha por el desenlace del problema del poder.

En este marco del paso a la legalidad el Comité Central realizó un marcado esfuerzo por regularizar su funcionamiento, dándole continuidad a un proceso que ya se había iniciado aún en las precarias condiciones de la ilegalidad. Esta nueva dinámica nos llevó a abordar en un breve lapso de tiempo asuntos de tanta importancia como la organización nacional del Partido, la política financiera, la estrategia y la táctica para la transición, la preparación de este VIII Congreso, y otros más.

En este orden de cosas el CC se ocupó de discutir y darle una salida a la problemática planteada alrededor del UDN, teniendo como referencia los propósitos iniciales que nos habíamos trazado con la participación del UDN en la lucha política legal y las radicales modificaciones que se estaban observando a esas alturas en el escenario político nacional como producto de los Acuerdos de Paz.

A finales del año 88 la Dirección del Partido decidió reestablecer el trabajo político del UDN en el interior del país. La idea inicial era que el UDN desempeñara un trabajo de contactos, de relaciones políticas y de intercambios con diversos sectores de la sociedad, sin atribuirle a su trabajo mayores proyecciones organizativas. Se le encargó la tarea a un grupo de compañeros, incluidos dos miembros del Comité Central. Posteriormente otros compañeros fueron asignados para reforzar el apoyar el esfuerzo.

Sin embargo, paso a paso se hizo evidente que se estaban creando en el país las condiciones políticas para realizar un trabajo organizativo desplegado y se decidió pasar a esta nueva etapa. Es en este momento cuando se decide la incorporación de militantes del PC a las filas del UDN, tal como habíamos hecho en años anteriores. Es también en este momento cuando empieza a perfilarse en un grupo de compañeros un pensamiento distinto al del PC y una conducción del trabajo del UDN también diferente a la del PC.

Este era sin duda un pensamiento bastante definido, a tal grado que llegó a obstruir e1 funcionamiento del PC en el UDN, en tanto que la diferenciación se acentuaba cada vez más.

En reiteradas ocasiones la dirección del PC discutió con este grupo de compañeros la situación, poniendo énfasis en los problemas de la apreciación de la coyuntura, la conducción del trabajo del UDN, la relación UDN-PC y la visión estratégica del proceso. En todos estos puntos aparecían coincidencias y contradicciones, pero las segundas tenían más peso que las primeras y establecían una tendencia a su desarrollo.

En un esfuerzo por resolver la relación UDN-PC la Comisión Política acordó a mediados de 1990 la incorporación a la Dirección del UDN de un nuevo grupo de compañeros, incluyendo a una miembro de la CP y a otros cuadros. La evolución de los acontecimientos relativos a la jornada electoral de inicio del 91 requirió que otros miembros del CC, vinculados directamente a la organización partidaria del PC, se incorporaran a la dirección del UDN, lo que de parte del grupo inicial del UDN generó rechazo y mayores tensiones, actitudes que en el fondo expresaban la pretensión de supremacía de lo legal e institucional del UDN por sobre lo ilegal del PC.

Así las cosas en un Pleno del CC realizado en Marzo del 92 se resolvió dejar en libertad a este grupo para su total separación del PC, reconociéndoles el derecho de continuar la actividad política a través de un UDN orgánicamente desvinculado de nuestro Partido. Los términos de esta separación que fueron convenidos estipulaban entre otros, la libertad para los militantes del UDN de continuar en ese partido o en el PC, sin posibilidad de doble militancia. El PC continuó además dando cierto apoyo financiero durante 3 meses al UDN.
Esta experiencia es expresión de acontecimientos propios de todo proceso revolucionario, estimulados en este caso por turbulentos cambios en el contexto mundial y por una acentuada diferenciación en el pensamiento sobre las posibilidades de la Revolución y el Socialismo en nuestro país.

Durante los 3 meses transcurridos desde el inicio del Cese del Enfrentamiento Armado nuestro Partido se involucró de lleno en el aprovechamiento de los espacios abiertos por los Acuerdos de Paz. Los resultados de este esfuerzo en el terreno organizativo son hoy elocuentes. Tenemos ahora organización partidaria en 120 municipios del país, se han conformado ya las Directivas Departamentales en 11 de los 14 departamentos. Nuestra membresía se ha más que triplicado desde Enero del 92 hasta la fecha.

En el terreno de la consumación de los Acuerdos, el PC ha brindado un aporte innegable, que se traduce en la dedicación casi total, muchas veces en detrimento de intereses partidarios específicos, de varios de sus cuadros de dirección a las tareas vinculadas al seguimiento pormenorizado y ejecución de los Acuerdos en las instancias creadas por los mismos y en otras instancias propias del FMLN.

Por otra parte, el PC ha asumido con vigor y entusiasmo las tareas planteadas para la legalización del FMLN, así como su despliegue organizativo y su presencia política en todo el territorio nacional. Para nosotros la participación en el FMLN es una apuesta seria y a fondo, y vamos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para fortalecer y enriquecer nuestra aporte.

El país ha entrado a una ruta de cambios que podrán culminar en transformaciones irreversibles a mediano plazo. Sin embargo, tenemos ante nosotros la enorme tarea de esclarecer al pueblo los alcances de lo conquistado y las dimensiones de las luchas que se avecinan. Para ello es clave que eduquemos a la gente a superar el estado de miedo que aún subsiste en muchos sectores. Los grupos dentro de la derecha y las FAES que adversan las transformaciones entienden bien lo vital que es para sus planes que el terror y el atemorizamiento permanezcan vigentes, y están desplegando acciones para lograr este objetivo.

Los avances logrados en el curso de los últimos meses en materia de modernización y democratización del sistema político salvadoreño son considerables. Se ha producido algunos logros en relación a la temática económico-social, en particular en lo referido al funcionamiento del Foro de Concertación establecido en los Acuerdos de Paz para abordar esa temática y el inicio de la transferencia de tierras.

Sin embargo la resistencia al cumplimiento de acuerdos claves sigue manifestándose. La depuración de las Fuerzas Armadas de elementos violadores de los derechos humanos está inconclusa y debemos luchar porque se finalice cuanto antes. La presencia en la conducción de las FAES de un grupo de oficiales de alto rango señalados por la Comisión Ad Hoc es una demostración clara de que la impunidad sigue reinando y que la autoridad civil es incapaz de imponer su control sobre el estamento militar.

En los próximos días deberá ser presentado y publicado el Informe de la Comisión de la Verdad. El conocimiento público de la verdad es una dura prueba para el proceso de paz. Pero aún de mayor importancia es el cumplimiento de las recomendaciones que el Informe contendrá. Se pondrá a la orden del día la demanda porque los funcionarios, civiles y militares, mencionados en el Informe sea separados de inmediato de sus cargos en el Estado. Similar significado tendrá la exigencia de que las personas que desde fuera del Estado financiaron, dirigieron y ejecutaron horrendos crímenes contra el pueblo sean desarmados. Estas medidas iniciales evitarían en un primer momento que los responsables tengan otra oportunidad para repetir sus actos.

La sola verdad no basta, sino va acompañada de la justicia. Los señalamientos que efectúe la Comisión de la Verdad pondrán a prueba a todo el sistema judicial de este país. La Fiscalía General y los jueces deberán tomar la iniciativa para investigar los hechos contenidos en el Informe de la Comisión, independientemente de que se presenten o no denuncias.

No es exagerado decir que esta es la prueba crucial de todo el proceso que puede conducir o no a la real democratización de la sociedad en El Salvador, superando décadas de hegemonía de los militares en el Estado y por sobre la sociedad civil. Las Reformas constitucionales y legales no son ni pueden ser suficientes para lograr este propósito. Por ello el Alto Mando de las FAES está realizando intentos desesperados por evitar que el Informe de la Comisión de la Verdad sea conocido y que sus recomendaciones se vean materializadas. En este esfuerzo es acompañado estrechamente por la dirigencia del partido ARENA, la cual es casi imposible que no resulte afectada por el Informe.

Existen otros acuerdos muy importantes que están siendo bloqueados por sectores del GOES y las FAES. En este orden se ubica la creación y despliegue de la PNC. Los militares han hecho y siguen haciendo los más variados intentos de dominar desde adentro y desde afuera a este cuerpo policial nacido de los Acuerdos de Paz. El Gobierno, por su parte, se niega a entregar a la PNC el presupuesto, el equipo, la instalaciones, los medios de transportes y demás recursos para que ésta pueda demostrar su capacidad en el combate a la delincuencia y en la protección de los derechos de los ciudadanos.

Similares bloqueos se observan en el proceso de transferencia de tierras a ex-combatientes y campesinos sin tierra. La lentitud con que está caminando este acuerdo hace preveer que el mismo se mezclará pronto con la temática electoral, generando tensiones adicionales. En términos reales no se ha concluido aún con la primera etapa del plan de transferencia, y se alega falta de fondos por parte del GOES para asumir sus compromisos vinculados a la segunda y tercera etapas del plan. Otro elemento preocupante se ha agregado a la ya de por sí compleja situación: el inventario final efectuado por la Comisión Especial Agraria de COPAZ arrojó una cifra de tenedores muy por encima de los 25 mil previstos en el plan original de transferencia de tierras. Cualquier pretensión de desalojo forzoso de ese excedente de tenedores sin duda originará graves enfrentamientos en el campo, con consecuencias aún no previsibles.

El problema de la reinserción a mediano y largo plazo de ex-combatientes y lisiados se está complejizando. Obstáculos deliberados se interponen cada día por parte del GOES, como parte de una política más que busca descohesionar y desmoralizar a nuestros compañeros ex-combatientes. Esta política combina las negativas al acceso de determinados programas económicos, mientras se abren alternativas que a breve plazo podrían llevar a anteriores mandos y combatientes a la mediatización e inactividad en el quehacer político.

Nuestra línea en ese sentido es que la reinserción, además de los aspectos productivos y de sobrevivencia, debe garantizar a toda costa que el impresionante caudal político, ideológico, moral y organizativo de los ex-miembros de las FAL, atesorado en largos años de enfrentamiento constante con el enemigo, sea puesto hoy al servicio de las transformaciones aún pendientes y que tenga su continuidad en la lucha política en la cual ya hemos entrado.-

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