Sandinismo, hegemonía y revolución
Fecha: 1980 07 08
Grupo: Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)
País: Nicaragua
Categoria : Comunicado
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SANDINISMO, HEGEMONÍA Y REVOLUCIÓN*

Cuando las abigarradas columnas guerrilleras entraban en Managua el 19 de julio de 1979 y los fusiles libertarios se alzaban en triunfo enarbolados en las manos de miles de combatientes victoriosos, habían pasado dos décadas de luchas a muerte en nuestro continente, de dudas y discordias, de recriminaciones teóricas y de vigilias revolucionarias. La historia iluminaba entonces el surgimiento de un nuevo modelo y de una nueva praxis y el heroísmo y la sabiduría de una vanguardia había conseguido encajar los múltiples elementos necesarios para componer la circunstancia victoriosa de ese nuevo modelo, y a través de una guerra popular, romper con la dura costra de un esquema de dominación que había aguantado medio siglo de empujes y ahora se desquebrajaba por completo para no dejar sino los rastros de su violencia represiva y criminal, y finalmente genocida.

UN PROYECTO HISTÓRICO, POPULAR Y ANTIMPERIALISTA

El pueblo en armas de Nicaragua triunfaba en la insurrección y el Frente Sandinista triunfaba en la movilización y en la organización de las masas, triunfaba en la conducción de diversas fuerzas sociales, probando la eficacia de complejas alianzas, y desembocaba en el éxito de una estrategia de guerra y de una estrategia política. El sandinismo se lograba en Nicaragua como proyecto histórico de consecuencias irreversibles, como un proyecto de carácter popular y antimperialista, que hacía pedazos el anquilosado sistema de dominación interna impuesto por las armas de la intervención norteamericana y cercenaba para siempre los amarres de una vieja e impúdica dependencia, arquetipo de sumisión y expoliación en América Latina.

El proyecto sandinista triunfante es un proyecto histórico y como tal no puede estar en juego ni en cuanto a su naturaleza, ni en cuanto a su hegemonía, ni en cuanto a sus consecuencias, porque no ha sido engendrado en una circunstancia casual, ni en un azar de la historia, sino que es el resultado de toda una dialéctica social que penetra profundamente sus raíces en una antigua realidad de opresión y explotación, de ocupaciones extranjeras brutales, de ventas a plazo de la soberanía, de un riesgo crítico permanente de la nación misma como proyecto y de imposiciones maquinadas por el poder imperial que diseñó, armó y estabilizó a la dinastía depredadora. Explicar, por lo tanto, el sandinismo, es explicar a la nación cimentada en las fuerzas populares que la defendieron históricamente y aseguraron su supervivencia y su victoria final.

HEGEMONÍA POPULAR Y NACIONALIDAD

En la más crucial coyuntura de nuestra historia, cuando el general Sandino decide enfrentarse a la ocupación extranjera en 1927, se está definiendo al mismo tiempo una opción de clase que es la opción de la nacionalidad. El sandinismo levanta entonces las banderas del antimperialismo y de lucha contra la oligarquía vendepatria, como una consecuencia del alineamiento de las clases sociales bajo el peso de la intervención armada. Es el pueblo humilde de mineros, artesanos, peones, el que asume el proyecto de nación, cuando la oligarquía liberal, o conservadora que es lo mismo, acepta complaciente la disolución de la nación, débil y enajenada, servil y obsequiosa en su papel de triste intermediaria del poder imperial que le organiza sus célebres elecciones supervigiladas por infantes de marina y administra sus bancos, ferrocarriles y aduanas. El sandinismo asume a la nación entonces, y habría de asumirla después, porque la nación como idea y como realidad se defiende en guerra y sobrevive gracias a la guerra. La hegemonía popular se gana entonces para siempre en esta identidad liberadora y la soberanía se afianza como soberanía popular.

La instauración posterior a la gesta sandinista de 1927/ 1933, de un modelo de dominación en la forma de una dictadura militar, que como las antiguas oligarquías vendepatria se solazaba en su sumisión irrestricta al poder imperial, no altera, sino que agudiza la contradicción fundamental que sigue latente en nuestra historia, la guerra la continuarán en altos y bajos los mismos pobres del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua; la contradicción sigue siendo entre pueblo y dictadura, entre sandinismo y somocismo, entre la nación y el imperialismo, y no se resolverá sino con la destrucción y la desaparición de todo el aparato de poder militar y político que la misma intervención había engendrado.

El proyecto sandinista triunfante es por lo tanto, un proyecto nacional y un proyecto popular que define su hegemonía al sustituir, por medio de la lucha armada, al antiguo poder. Es sólo así que se puede dar paso a un nuevo proyecto social y que se puede realizar la voluntad política de cambio sustentada primordialmente en los intereses de las grandes mayorías que pasan a ocupar su lugar hegemónico en la historia. No se puede explicar de ninguna otra manera este proceso, sino desde esta perspectiva popular.

LAS ALIANZAS FUERON DEFINIDAS A PARTIR DE LA HEGEMONÍA
SANDINISTA

Otras fuerzas sociales dominantes, que en distintas etapas de su crecimiento se encontraron en posiciones de contradicción con la dictadura y que en los últimos momentos agudizaron estas contradicciones, perdieron la oportunidad histórica de consolidarse como modelos alternativos, de acuerdo a sus propios proyectos de sustitución de poder; cuando la lucha insurreccional conducida por el sandinismo entra en su etapa decisiva es la misma fuerza irreversible de las masas la que atrapa la participación de esos otros sectores dominantes, en el esfuerzo por el derrocamiento de la dictadura; pero la guerra de liberación no es ya su proyecto, y es el mismo el que define la naturaleza, la calidad y la oportunidad de las alianzas necesarias para el triunfo.

Esta concepción es importante para definir el papel de alianzas, el desarrollo del proyecto revolucionario, que en este primer año ha sido capaz de producir alteraciones fundamentales en la realidad nacional heredada, y que dispone de la voluntad política y de la capacidad estratégica para profundizar estas alteraciones y consolidar el cambio social.

Los intereses económicos del somocismo, se consolidaron históricamente desde una forma de acumulación primitiva que se da a partir de la década de 1940 a través de expropiaciones forzosas, monopolios ilegales, fraudes y exanciones, y pasaron de allí a una abierta participación en la dinámica capitalista creada a raíz de la extensión de los cultivos algodoneros y de la apertura de mercados del proyecto de integración centroamericana, asumiendo otra vez, en los últimos años del régimen y posterior al terremoto de 1972, el carácter de acumulación delictuosa del principio.

EXPROPIAR AL SOMOCISMO PARA DESQUEBRAJAR EL VIEJO RÉGIMEN Y
ASENTAR EL NUEVO PODER

La urgencia con que tanto la familia Somoza, como su coro de oficiales y ministros se dedicaron a saquear los recursos de capital del país, para trasponerlos en cuentas bancarias en el extranjero, y asaltar toda posibilidad de negocios lucrativos en esta última etapa, agudizó un confrontamiento con otros sectores dominantes, financieros, industriales y comerciales principalmente, confrontamiento que llegaría a adquirir necesariamente un carácter político; pero los intereses del somocismo, por su naturaleza, se habían tejido ya en la urdimbre de todo el sistema económico del país, de manera que la Revolución, al arrancar por medio de las confiscaciones decretadas esos intereses, habría de desgarrar todo el tejido.

Las condiciones de la acumulación somocista, que cualitativamente estaba colocada en los sectores más estratégicos de la producción y los servicios, y la múltiple diversidad de sus hilos conductores a todo el sistema económico, convirtió, para el nuevo Estado revolucionario la decisión política de reivindicar su apropiación como eje del proyecto social, en una simple operación quirúrgica de amputación inmediata. No habría de tomar más de tres meses desde el día de la victoria, la expropiación y confiscación de los bancos, las compañías de ahorro y préstamo, las entidades financieras, las compañías de seguros, todo el sistema de comercio exterior de los productos tradicionales de exportación y su acopio interno; el vigoroso arranque de la reforma agraria con más de 1 200 000 manzanas de tierras cultivables y gran parte de la infraestructura agropecuaria del país, incluyendo mataderos y beneficios de café; la nacionalización de los minerales de oro y plata en manos de compañías extranjeras y el control de todo el sistema de pesca y de corte y procesamiento de madera, con lo que los recursos naturales se recobraban como parte sustancial e indisoluble del concepto sandinista de soberanía.

La posición del capital somocista en la industria textil, química y agroquímica, de materiales de construcción y metalmecánica y su dominio sobre todo el transporte aéreo, marítimo y de superficie, intereses que también fueron trasladados al área de propiedad del pueblo, completaban esta fulminante operación de arranque. La rápida estrategia de consolidación inicial del área de propiedad del pueblo, y su naturaleza cualitativa, nos ayudarían a definir desde el principio no sólo el carácter del proyecto de economía mixta, sino también y como consecuencia, el carácter de las alianzas en el futuro.

NACIONALIZACIÓN DE LA BANCA: UN PASO ESTRATÉGICO Y DE AVANCE POLÍTICO

La apresurada fuga de capitales que la burguesía financiera ejecuta junto con los cómplices y comparsas somocistas hacia el extranjero en los dos últimos años anteriores al triunfo, las crecientes dificultades de la balanza de pagos y el crítico descenso de la productividad dislocada por las acciones de guerra, provocan, bajo las presiones del FMI, una devaluación de la moneda que Somoza ordena en abril de 1979, pocos meses antes de su caída. Esta devaluación desmorona el sistema financiero, de manera que al ser nacionalizado, el Estado revolucionario recibe sólo los cadáveres insepultos de una veintena de instituciones con sus carteras comprometidas con empresas destruidas e improductivas y con altos compromisos en dólares que deberían convertirse a precios de devaluación. La Revolución no estaba mirando sin embargo, a la nacionalización bancaria como una simple medida de sanidad financiera, sino como un acto estratégico de avance político. La posesión del sistema implicaba en adelante la disposición en manos del proyecto económico sandinista, de toda la capacidad del ahorro nacional y de la facultad de dirigir todos los recursos financieros del país hacia los propósitos del proyecto de transformación en marcha, bajo un régimen de economía planificada.

Expropiar la banca significaba también descabezar al sector financiero plutocrático, que había jugado siempre a la retaguardia del capital somocista, y era su cómplice encubierto más calificado; la Revolución cercenaba así otro polo de poder alterno cuya recuperación económica hubiera significado su recuperación política y su vuelta del exilio, donde sus más destacados jerarcas se habían voluntariamente colocado poco antes del triunfo.

LA CONSOLIDACIÓN DEL ÁREA DE PROPIEDAD DEL PUEBLO TAMBIIÉN EXPRESA LA HEGEMONÍA POPULAR

El área de propiedad del pueblo se consolidaba así como una suma de apropiaciones, pero más que nada, como una suma de posibilidades estratégicas, y definía desde el comienzo la naturaleza de la hegemonía popular en toda la gama del proceso; nos preparaba para enfrentar nuestra definición de economía mixta, concebida desde la perspectiva revolucionaria, no como el todo compuesto por dos mitades armónicas e iguales sujetas a sus propias posibilidades, y a su propia suerte de crecimiento y acumulación independiente en libre competencia. Por el contrario, nosotros estamos mirando hacia un régimen de economía mixta en que el sector estratégico popular habrá de seguir definiendo su hegemonía en términos de toda la dinámica social impuesta por la Revolución, pero también en términos de un proceso de futura acumulación económica que pondrá las posibilidades máximas de reproducción, del lado del área de propiedad del pueblo.

La posibilidad histórica de estancamiento de la acumulación y reproducción estatal, no puede darse ya en términos de toda la dinámica social, porque el proyecto global, tiene una hegemonía; y por el contrario, la licencia de acumulación y reproducción del otro sector, que con el triunfo de las armas sandinistas perdió a su vez la posibilidad histórica de ser hegemónico, significaría una involución del proceso y la vuelta paulatina a un esquema tradicional, que ya ha sido derrotado.

Aquí no se trata, pues, de coartar dentro de la estrategia del proyecto revolucionario, la participación de los sectores privados en la producción, pues la reconstrucción nacional, frente a una economía restringida y destruida precisa de urgentes elementos de reactivación; se trata de una elección histórica que el mismo proceso revolucionario ha determinado como consecuencia de la sustitución radical de todo el aparato de poder tradicional, que si bien es cierto representaba en primera instancia un modelo de dictadura militar represiva, representaba también, en términos sociales, la posibilidad de sustentar alternativas de dominio distintas a las de la dictadura pero de la misma naturaleza de clase. Aun cuando este proyecto alternativo hubiera llegado a ser de carácter democrático-burgués.

EL SUEÑO PERDIDO DE LAS CLASES DERROTADAS

Los últimos meses de lucha, nos encuentran en el frente político de la guerra defendiendo con dientes y uñas el triunfo de esta opción definitiva: un ejército popular, un Estado revolucionario popular capaz de asumir el proyecto político de cambio en términos revolucionarios; frente a la opción acariciada por los sectores dominantes en pugna con el somocismo y por el aparato diplomático norteamericano desde la época de la mediación, en octubre de 1978: lavarle las manos ensangrentadas a la guardia nacional, remozarla y decorarla para servir como dispositivo último de seguridad de una nueva opción del sistema de dominación; y una convivencia institucional con sectores "decentes" del partido liberal somocista. De esta manera, se pretendía defraudar, castrar e imposibilitar el proyecto popular y dejar sin resolver la contradicción planteada históricamente entre nación e imperialismo.

EL PROCESO ES IRREVERSIBLE Y LA LUCHA CONTINÚA

Por todo lo anterior, las alianzas políticas que sustentan el carácter unitario que el proyecto sandinista lleva adelante, con una gama abierta de participación de los más variados sectores, se sujetan a una realidad hegemónica, no sólo porque la vanguardia revolucionaria asume la conducción del proceso en términos políticos, sino fundamentalmente, porque la hegemonía de todo el proyecto histórico ha sido definida en términos de una opción de fuerzas y de un asentamiento definitivo de fuerzas, que es irreversible no sólo en términos políticos; también, y de manera principal, en términos históricos, y en términos de la consolidación y desarrollo de un esquema económico que es también hegemónico en términos populares. El futuro avance del proyecto, teniendo en cuenta la voluntad política que lo conduce y la naturaleza de las fuerzas sociales en que descansa, habrá de definirse por la suma de coyunturas que se presentan, de acuerdo al entorno geopolítico inmediato y a sus tensiones y distensiones, y en última instancia, de acuerdo a la correlación mundial de fuerzas, aunque resulte ocioso decirlo.

No es, por supuesto, un camino que en el futuro habremos de andar sin dolor; el triunfo rotundo de las armas populares ha producido el desplazamiento de las otras opciones que perdieron su oportunidad de concretarse como proyectos alternos a la dictadura militar, pero eso no significa que la lucha haya terminado, ni que desde ya no estemos enfrentándonos a un permanente desafío del poder sandinista, que es el poder popular.

Fuera de algunas escaramuzas bélicas e intentos hasta ahora fallidos de organizar una contrarrevolución armada, la lucha se expresa en estos momentos, más que nada, en términos ideológicos. La manifestación principal de esta lucha consiste en tratar de desestabilizar el proceso en términos políticos, bajo el esquema de reclamar a la conducción revolucionaria una apresurada vuelta al tipo de normalidad institucional clásica, procurando hacer una cuidadosa abstracción de todos los factores dinámicos y necesariamente anormales que implica un proceso revolucionario, que hadislocado en menos de un año toda la tradición social del país.

LO QUE ESCONDE LA MANIPULACIÓN IDEOLÓGICA DE LA REACCIÓN

La calculada artimaña que en términos de lenguaje ensalza día a día todas las conocidas virtudes de la panacea democrática, elecciones libres y ojalá supervigiladas como en aquellos nostálgicos tiempos; ordenada alternabilidad en el poder con el debido traspaso de la banda presidencial bordada en oro; y una rigurosa división de poderes al estilo de Montesquieu, si posible con curules remuneradas: alterna con un ataque en apariencia saludable e inocente, a las formas de poder popular engendradas por la Revolución; un ataque en que aparentemente se cuestiona no la existencia misma de estos instrumentos, sino su legalidad, pero sin que tanta delicadeza impida adivinar que no se trata más que de máscaras superpuestas que ocultan una lucha por sustituir el proyecto revolucionario, por un proyecto devolucionario.

Detrás, está toda una pugna por contener y detener el proceso, congelar sus medidas, desviar su cauce y convertir su aparato táctico en frustración estratégica, disolver el apoyo organizado que parte de las masas, de los comités de barrio, de las organizaciones campesinas, de los sindicatos, mientras a la par se trata de prestigiar la democracia sin mácula, el reino infalible de la propiedad privada única y eficiente por-que la libre empresa no admite desafío gerencial y el Estado todo lo lleva a la ruina: sueños en torno al paraíso perdido.

Si las fuerzas ahora en pugna con el proceso revolucionario entienden que el proyecto popular sandinista es el proyecto de la nación y de la consolidación definitiva del Estado nacional antimperialista, porque no han perdido su olfato de clase, su ofensiva ideológica les lleva a pretender la desandinización del Estado, para que la vuelta a la normalidad suponga un cambio de manos de la hegemonía.

LOS IDEÓLOGOS DE LA CONTRARREVOLUCIÓN ARRINCONADOS POR LA
HEGEMONÍA SANDINISTA

Múltiples trampas se ponen a disposición de este juego. Se esgrime una confusión entre Estado y Frente Sandinista, como reclamo de legítima inocencia democrática y ofendida conciencia liberal y en ocasiones se nos llega a recordar que Somoza confundía los intereses de su familia con los del Estado; se reclama una asepsia del Ejército Popular Sandinista que no debe ser político ni sandinista, porque en la mejor tradición de los ejércitos está su apoliticidad constitucional, como en el cono sur; se trata de imprimir a la palabra pueblo un sentido abstracto e interclasista para al mismo tiempo separarlo de la vanguardia, que a pesar de haber conducido la guerra y reconocerle valentía y arrojo en aquella exitosa aventura, no representa ni encarna al pueblo ni sus aspiraciones, porque ese lenguaje de los desplazados repite que la Revolución la hizo el pueblo, y el pueblo somos todos.

También, y sin que el Frente Sandinista haya usado nunca el término socialismo como valor retórico, la clase desplazada se apresura a acuñar su socialismo en libertad, para castrar la carga de contenido histórico que una concepción semejante tiene; y a la vez para organizar, como ariete frontal de estos embates, la consabida, resabida y conocida cruzada anticomunista por la salvación de los valores sacrosantos de la patria y de la religión, ese comunismo que arranca a los niños de los brazos de sus madres, que quema los san-tos y cierra las iglesias y que despoja a los pequeños propietarios agrícolas de sus cuatro vacas y que crea, en términos del diario La Prensa, una nueva fe inquisidora e infalible.

Como el peligro latente es de que caigamos en todas estas calamidades y los nicaragüenses que tanto amamos la libertad la perdamos porque no sepamos construir un modelo original, los sabios ideólogos de la contrarrevolución nos aconsejan paternalmente originalidad en el proceso, realizar el socialismo sin sacrificar la libertad del hombre, pero sólo como categoría ontológica. Para ellos no se trataría por su-puesto, de escoger un modelo de realización social incubado en el seno de la historia, una historia que como la nuestra apenas comienza a surgir de la noche del dolor y de la mi-seria, del abandono y del ultraje; no se trata de que Nicaragua deje de ser una república de pobres y desarrapados, de muertos de hambre sin tierra ni cobijo, de desempleados y marginados que buscan su comida en los basureros, una república sin hospitales y apenas con escuelas; en la república de los sabios, sólo existe una concepción falsamente humanista donde la libertad abstracta debe prevalecer sobre la realidad social; es decir, la libertad de unos cuantos que francamente han visto limitada ahora su libertad anterior concreta, jamás abstracta, de explotar sin misericordia a los que jamás tuvieron la libertad de elegir.

LA REVOLUCIÓN ES NACIONAL, PERO LOS CAMBIOS REVOLUCIONARIOS PUEDEN ASEMEJARSE A LOS DE CUALQUIER OTRO PROCESO AUTÉNTICO

La calidad nacional de esta Revolución, su carácter nicaragüense no está en juego tal como la contrarrevolución esgrime, al mostrarnos el riesgo que significa el copiar modelos. Nuestra Revolución es nacional, porque es sandinista y el sandinismo implica históricamente, una hegemonía popular; si la Revolución, por sus consecuencias, al alterar la realidad social repite cambios estructurales de otros procesos revolucionarios, es porque simplemente resuelve una contradicción dialéctica, que se engendra en nuestra naturaleza de país pobre, que destruye y supera estructuras injustas y tiende hacia su independencia real, y esta naturaleza estructural es común a la de tantos países marginales que han encontrado el camino de su liberación, lo están buscando actualmente, e indefectiblemente llegarán a encontrarlo por l a fuerza de las armas, si la fuerza de las armas ampara la razón, y se tiene de su lado la verdad.

ORIGINALIDAD NO SIGNIFICA CAMBIAR LA NATURALEZA POPULAR DE LA REVOLUCIÓN

Nuestra Revolución habrá de crear su propio modelo, pensando en nuestra propia condición social, en la dinámica de la coyuntura; pero nunca llegará a ser condición de originalidad de este modelo, como parece reclamársenos desde la reacción, cambiar su naturaleza popular para que no se parezca a ningún otro, alterar el espectro de las alianzas para debilitar la hegemonía de las clases populares en la Revolución; dejar de profundizar sus logros y congelar en un determinado punto de equilibrio grato a esos intereses, las alteraciones estructurales de una sociedad en dinámico proceso de cambio como la nuestra.

Por esas razones es que tanto irrita a nuestros enemigos, el que insistamos en que esta Revolución tiene un carácter irreversible; no hay vuelta posible al pasado, ni a ninguna alternativa de las que quedaron condenadas en el pasado; irreversible porque las masas tomaron su lugar en la historia, han despertado los pobres y los humildes y aprenden cómo se hace la historia; y para no correr riesgos, esos riesgos que tan caro se han pagado en otras circunstancias y en otras latitudes de América Latina, para no correr el riesgo de lo reversible, que indefectiblemente es lo contrario de lo irreversible, tienen las armas con las que conquistaron su opción sandinista, con las que conquistaron su proyecto sandinista, y esas armas servirán para defender la razón y la justicia que también están de nuestro lado.

¡¡Patria libre o morir!!
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* Documento leído por Sergio Ramírez, miembro de la Junta de Gobierno de Nicaragua, durante el acto de clausura del Congreso Centroamericano de Sociología Blas Real Espinales. Tomado de Barricada, 8 de julio de 1980.

Fuente: Cuadernos Políticos, Nº 25 (México, D.F., julio-septiembre de 1980), pp.101-112.

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