Al señor León Valencia

AL SEÑOR LEÓN VALENCIA

Por Timoleón Jiménez

Escribe el señor León Valencia una columna en la revista Semana, con fecha 21 de diciembre, en la que me confiere el dudoso honor, más ambiguo todavía por compartirlo con el Presidente Juan Manuel Santos, de personaje del año. El solo hecho de que el nombre de un revolucionario sea insinuado como objeto de reconocimiento por parte de los grandes medios de comunicación, es indiciario de que alguna trama oscura se está tejiendo en torno a él por los poderes dominantes.

Por encima de sus afectados esfuerzos por distanciarse en justa proporción de cada uno de sus candidatos, salta a la vista la doble zalamería del señor Valencia, quien como buen representante de esa izquierda acomodada y ajena al tejido real de la lucha popular, jamás vacila en encender una vela a Dios y otra al Diablo, confiando en ganar la generosa condescendencia de los revolucionarios mientras lame de las mieles que resbalan por entre los dedos de la reacción.

No sé de dónde saca el señor Valencia, para elogiar la que estima valiente actitud a dialogar del Presidente Santos, que éste ha reconocido las graves limitaciones de la democracia colombiana y sobre esa base ha abierto las ventanas para las reformas y la paz. Apenas ocho días atrás, en la Convención del Partido Cambio Radical, Santos afirmó enfáticamente que en La Habana no se está negociando el Ejército, ni el sistema político, ni el sistema económico, volviendo a repetir que:

“…allá lo único que se está negociando es una transición para que esta gente deje las balas, deje armas y las cambie por los votos, por los argumentos”, descartando, como lo ha hecho siempre, la mera posibilidad de reformas capaces de alterar de algún modo el orden vigente. Y volvió con sus designios de incrementar como nunca antes el pie de fuerza militar y policial, al igual que sus capacidades de todo orden,“para que mantengan esa situación que nos enorgullece”.

La presunta valentía que el señor Valencia asigna al Presidente por haberle reintegrado a la insurgencia su reconocimiento político, en la práctica se traduce en denominarla apenas como esa gente a la que su gobierno ha “propinado los golpes más contundentes de toda su historia: el número uno, el número dos, más de 40 cabecillas y el número de integrantes de esas organizaciones en armas, están su nivel más bajo de toda la historia”.

Concederle melosamente el beneficio de la duda hacia el futuro en materia de reformas, en realidad equivale a otorgarle el aval por todo cuanto está haciendo el día de hoy en contra de los intereses del pueblo colombiano. Al fin y al cabo el señor Valencia comienza su nota señalando que si bien el señor Santos no está despertando gran entusiasmo, éste le sobrará en cuanto firme la paz, como picando el ojo a quien de modo no tan subliminal sugiere como próximo Presidente.

Con aires de perseguido, recuerda que por defender la paz es señalado como terrorista y defensor de regímenes dictatoriales. Lo cual no le evita lanzarse a afirmar que las FARC gozamos del rechazo generalizado, que la inmensa mayoría de la opinión pública no reconoce ningún tipo de razón a nuestro alzamiento en armas, que somos una guerrilla vieja, acosada por la degradación del conflicto y hasta perturbada. ¿De veras odiará la ultraderecha a quien escribe esas cosas?

Muy de acuerdo con su juicio perverso acerca de la insurgencia, de la cual se retiró seducido por los cantos de la globalización neoliberal y el fin de la historia, dice escribir a fin de estimularme para que me mantenga absolutamente firme en mi decisión de llevar las FARC a la paz. Su cauto escepticismo no deja de revelar su torcida intención de hacer creer que la paz, en un país como Colombia, depende de la decisión unilateral de una sola persona, de entregar las armas y rendirse.

Si fuera así, la desmovilización del mismo señor Valencia años atrás hubiera significado la paz para el país. Pero él sabe bien que a las FARC y a la Colombia real nos cabe traer a cuento el famoso verso de Juan de Dios Peza: “Así, dijo el enfermo, no me curo; ¡yo soy Garrik!… Cambiadme la receta”. Nuestra patria conocerá la paz cuando sean desmontadas las causas que originaron y alimentan el conflicto, lo cual exige muchas más voluntades que la sola de Timoleón Jiménez.

Comenzando por la del Establecimiento, que se muestra convencido, con Santos a la cabeza, y no con Uribe como muchos piensan, que la paz nacerá de la victoria militar contra la insurgencia, esto es que en la Mesa de Conversaciones simplemente se refrendará con nuestras firmas lo que la fuerza militar y paramilitar del Estado conquistará en el campo de batalla. Lo cual les impide, naturalmente, comprometerse en un cese el fuego bilateral o en cualquier acuerdo humanitario.

Es con esa misma óptica sesgada, así no parezca consciente de ello, con la que el señor Valencia piensa que llegó la hora de que en la Mesa dejen de pedir las FARC, para pasar ahora a responder ante los imperiosos requerimientos con los que el Estado espera aplastarnos. Pues no, el Estado colombiano, su régimen político, las clases dominantes en el poder, tienen que reconocer su papel fundamental en la violencia y el horror vividos en nuestro país por tan largo tiempo.

Y comprometerse con sinceridad a desmontarlo definitivamente. Abriendo todos los escenarios a la participación del pueblo colombiano en la toma de las decisiones más importantes para el futuro de la nación. Cuando todo el Establecimiento presiona porque la insurgencia no pueda salir a hacer política, lo hace porque tiene la certeza del inmenso caudal de opinión que estamos en capacidad de mover en este país. Las grandes mayorías tienen también su papel en la paz.

Por eso el gobierno de Juan Manuel Santos se ha opuesto radicalmente a la participación de los colombianos en la Mesa de La Habana, por eso se opone a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente, por eso desprecia olímpicamente cualquier tipo de reformas que abran seriamente el espacio a la deliberación política abierta del pueblo colombiano, que impliquen alterar siquiera un poco las crecientes ganancias del gran capital y el latifundio.

Por eso, porque se inspira en el imperio romano, Santos considera que la paz consiste en contar con un invencible aparato de aplastamiento a la lucha popular. Y es precisamente a eso que el pueblo de este país y la insurgencia armada nos hemos enfrentado durante medio siglo. No, señor Valencia, si ser el personaje del año implica comulgar con semejante burla a nuestro país y su gente, permítame decirle con franqueza que lanzo su ofrecimiento al fango.