Respecto del conflicto armado colombiano es mucho lo que se ha escrito. Son múltiples las investigaciones que abordan sus orígenes, procesos de pacificación y esfuerzos por alcanzar una salida política a una problemática que se remonta en el tiempo por lo menos, en nuestra historia reciente, 70 años atrás. Sin embargo, la historia respecto del conflicto armado colombiano es un relato complejo, multifacético e incompleto, donde los relatos institucionales resultan validados ideológicamente a lo largo del tiempo, presentados como la verdad absoluta, desdibujando una “realidad histórica” que se remonta a los mismos momentos de la Colonia, desde donde podemos rastrear las causas estructurales del conflicto colombiano. Conflicto que es presentado exclusivamente como armado, restándole cualidad y capacidad analítica al tema.
¿Acaso se recuerda el porqué del levantamiento en 1781 en la provincia del Socorro en Santander? ¿Se recuerda la razón de la violencia contra movimientos agrarios e indígenas en 1930 y 1940? ¿Recordamos qué fue lo que dio origen al estallido social en 2021?
Las narrativas institucionales han desdibujado la historia y sus momentos cíclicos, que han de repetirse en tanto no se superen las contradicciones que dieron origen a ello. Como sucede con todo conflicto, los vencedores validan e institucionalizan su verdad, tal como ha acontecido con los famosos acuerdos de La Habana, donde los firmantes pasaron de ser un “Estado reconocido” por las mismas Naciones Unidas a convertirse en victimarios y únicos responsables de la guerra.
Nos hemos preguntado ¿Por qué la ONU, quien actúa en conflictos entre Estados, siendo esa su misionalidad después de la segunda guerra mundial, actuó en el conflicto interno colombiano? No. Decidimos quedarnos con un relato simplista, donde todo es blanco o negro.
Con la validación de un discurso institucional hemos olvidado que fue el mismo Consejo de Seguridad de la ONU quién fungió de garante de unos acuerdos que debían, en principio, involucrar a todos los actores civiles, estatales y armados participantes de la guerra. Algo que hoy resulta “olvidado” con la construcción de un nuevo relato, donde los únicos culpables fueron los insurgentes.
De tal forma aparecen relatos institucionales que presentan una sola cara de los hechos, desvirtuando, desdibujando, ignorando y enterrando los discursos y relatos de sus oponentes. Un fenómeno que no solo ocurre en contextos de autoritarismo, sino de democracia representativa como la colombiana, donde los gobiernos emplean diversas tácticas para silenciar la disidencia y controlar el discurso público. Lo que se hace mediante fuerte censura, a través de los medios de comunicación, la cooptación de sectores de la academia, manejo del discurso de la escuela o, cuando ello no funciona, la mazmorra y acusaciones de sedición que llevan al contradictor, pensante, a prisión e incluso la muerte al ser estigmatizados como miembros de un grupo subversivo. Algo ya conocido por los profesionales de las ciencias sociales. En particular, si vienen de la universidad pública.
Para algunos, nuestro país vive en democracia. Acá cabría preguntarnos: ¿Recordamos el Estatuto de Seguridad? ¿Cómo Colombia perdió la guerra contra las FARC? ¿Y cómo Pastrana, mediante el Plan Colombia, logró retomar la iniciativa militar? ¿Recordamos cómo se dejó fuera de la Jurisdicción Especial para la Paz -JEP- al sector financiero, industrial, ganadero y empresarial vinculado con grupos paramilitares y, por ende, con la guerra? ¿Recordamos cómo Duque izo trisas los acuerdos de Paz y construyó una nueva narrativa institucional de la Memoria Histórica que desconoció a las víctimas? Intentando dar alguna respuesta a las preguntas anteriores, y, a partir de una reflexión académica en torno al concepto de violencia, así como el vivir en carne propia el conflicto, al igual que todos los colombianos, nos adentramos en esta búsqueda del porqué de la guerra y sus implicaciones. De esta manera, pudimos acercarnos a verdades ya contadas, pero ocultas, convenientemente, de una memoria colectiva. Por consiguiente, surgen algunos artículos sobre las narrativas de violencia, las Convivir en Medellín, la guerrilla liberal en Cañasgordas, la masacre de Oro Bajo, las trampas de la paz y las memorias olvidadas de Andrés Pastrana. Artículos estos publicados en nuestra revista a lo largo de estos cuatro años.
Lo anterior permitió que, con el paso de los años, lográsemos acopiar una importante cantidad de material, de significativo valor para los investigadores del conflicto colombiano, que se había perdido en medio de la censura, el anonimato o la internet profunda. Así pues, presentamos a nuestros lectores un compendio o Dossier de documentos públicos e internos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia -FARC-EP-, los cuales, creemos, son esenciales para los investigadores del conflicto colombiano y el intuir nuestra historia reciente desde la óptica y expuesto por quienes, hasta hace una década, eran la guerrilla más antigua del mundo.
Así pues, el Dossier está conformado por dos capítulos: uno primero con comunicados públicos de las FARC-EP, organizados cronológicamente, de manera tal que el lector o investigador pueda rastrear la evolución y cambios en las propuestas políticas en cada momento histórico de esta organización y la vida política del país; en un segundo capítulo, se recogen documentos internos de FARC-EP como conclusiones de conferencias guerrilleras (en particular la séptima, que es la central de su estrategia y táctica militar), planes militares, evaluación militar del Plan Colombia y Patriota, informes y conclusiones de Plenos del Estado Mayor Central de las FARC-EP. Y, por último, la comunicación de Manuel Marulanda después de las muertes de Iván Ríos y Raúl Reyes donde analiza las derrotas surgidas por esta organización a lo largo de su historia.