Carta inédita de Andrés Almarales (M-19) a Jorge Mario Eastman

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Autor
Eastman, Jorge Mario
ISBN
9580601607; 9789580601609
Localizador
Bib-01/1
Núm. Páginas
24 pp.
Datos de Edición
Bogotá: Editorial Oveja Negra, 1986.
Contenido
Conocí en la Universidad Nacional a Andrés Almarales y fui su condiscípulo entre 1953 y 1955. En ese entonces el liderazgo democrático de Alberto Lleras, las prédicas de Antonio García y la oposición sistemática a la dictadura rojista constituían la razón de ser de nuestra vida universitaria. El era ya un militante socialista confeso que consideraba aún a la democracia y al reformismo como mecanismos más o menos viables para alcanzar la justicia social, siempre y cuando la dirigencia de los partidos tradicionales tuviera el coraje de llevar a cabo un cambio profundo de las estructuras políticas, sociales y económicas vigentes. Llegamos a ser buenos amigos porque, tanto él como yo, pretendíamos ser oradores cuando el arte de hablar en público se consideraba esencial para el éxito político y, para tal efecto, hacíamos nuestras prácticas periódicas en las faldas (todavía existentes) de, los cerros de Monserrate leyendo a viva voz panfletos de Vargas Vila y Diógenes Arríela. Por cierto, Próspero Morales Padilla algún día nos pilló infragantes arengando multitudes imaginarias y fue tal su perplejidad que le sirvió de tema para una de sus inolvidables colaboraciones en el diario "El Tiempo".

Cuando cursábamos tercer año Andrés desapareció de los predios de la "ciudad blanca", sin hacer una seña a nadie. Pienso, ahora, que desde ese instante decidió tomar el rumbo revolucionario, sin importarle sus costos.

Según supe después, contrajo nupcias civiles con la abogada Marina Goenaga (hija de un ilustre jurista a la sazón Presidente de la Corte Suprema de Justicia), antes de partir en su compañía hacia la zona bananera. En 1970, cuando ocupé el Ministerio de Trabajo en el primer gabinete del Presidente Pastrana me visitó con el fin de obsequiarme un libro suyo, todavía con olor a imprenta, en el cual relataba sus luchas sindicales, las cuales tenían ya como epicentro al Valle del Cauca. Más tarde, nos reencontramos en calidad de colegas en el parlamento cuando fue elegido representante por el Anapismo.

Su divorcio con el sistema era más que evidente y su derrocamiento se le había convertido en una obsesión. No volví a ver a mi antiguo amigo. Sin embargo, cuando asumí el cargo de Ministro de Gobierno, en mayo de 1981, recibí un recado suyo en relación con lo que afirmé en mi discurso de posesión:

"Por ser ideológicamente un liberal de izquierda me creo autorizado a abrir el diálogo, también, con los subversivos... no creo que vayan a festinar la oportunidad que se les está brindando de someter su prestigio al veredicto de las urnas".
"El Tiempo", mayo 30 de 1986

Y, exactamente, una semana después (junio 3 de 1981) llegó a mis manos, gracias al "correo de las brujas", una carta suya fechada en "La Picota" como respuesta, autorizada por el M-19, a mis recientes declaraciones: las cuales, por cierto, pasaron a ser oficiales y compartidas por mi gobierno al no ser desautorizadas por el Presidente Turbay ni cuestionadas por ninguno de sus ministros. Esta misiva inesperada la entendí como privada y, por esta razón, no fue conocida, hasta donde llegan mis informaciones, por la opinión pública.

Guardé su texto, por cuanto lo interpreté como decisión final, sin reversa, de quien por conocerlo no me cupo duda que desde ese momento llevaría hasta las últimas consecuencias sus objetivos revolucionarios. Es una especie de alegato en el cual dinamita todos los puentes con el llamado establecimiento y rechaza, de paso, herramientas distintas para el cambio a las señaladas por la vía de las armas. En el párrafo final, por ejemplo, sintetiza su posición: "el que el proceso político y social del país nos haya ubicado en trincheras opuestas de ninguna manera significa renegar de un pasado con esperanzas comunes. Lo que ocurre, apreciado Jorge Mario, es que la historia tiene caminos paralelos".

En 1984 coincidimos, algún día, en la Comisión del Diálogo conformada por el Presidente Betancur. Allí reiteré mi vieja propuesta de acudir al plebiscito como instrumento más idóneo para modernizar al Estado y echar los cimientos a una auténtica democracia de participación. En un rincón de la Comisión Primera del Senado de la República conversamos de nuevo, y por última vez, sobre el proceso de paz. Recuerdo muy bien que cuando se refirió al gobierno anterior aceptó como positivo el levantamiento del Estado de sitio en 1982 y, consecuencialmente, la derogatoria del Estatuto de Seguridad. No sin antes calificar de innane pero "tramposa" su ley de amnistía.

Almarales regresó a la clandestinidad semanas después de que el M-19 rompiera el diálogo a través de varios documentos, difundidos profusamente. Para mi sorpresa noticias posteriores informaron que el ideólogo y agitador de siempre había cambiado de frente: ahora estaba participando en operativos militares para los cuales, en mi opinión, carecía de la preparación técnica necesaria. Y que termina con su papel protagonice en los macabros acontecimientos del 6 de noviembre. "Consigna" hace pública esta carta en la convicción de aportar un importante elemento de juicio a un debate que apenas se inicia y sobre cuyos desarrollos la opinión pública, los gobernantes de aquel entonces, los juristas, los magistrados supérstites y los partidos políticos parecen no haber coincidido cuando han intentado interpretarlos y evaluarlos con la intención de emitir un fallo definitivo.

JORGE MARIO EASTMAN